Hoy es uno de esos días en que despierto con ganas de correr a tocar este teclado para dejar brotar todas las emociones que llevo dentro.
31 de octubre. Día de Halloween, una celebración muy popular en Estados Unidos y otros países. Mi nieta despierta entusiasmada, esperando la fiesta de disfraces y las golosinas que le aguardan.
Yo no siento esta festividad como algo propio. Para mí, el 31 de octubre tiene otro significado. Desde hace muchos años es una fecha que celebro entre risas, bailes y amor. Un día en el que despedimos octubre y damos la bienvenida a noviembre con un arcoíris de ilusiones.
Por eso, hoy quisiera inventarle otro nombre a esta fiesta. Uno que celebre la sonrisa, el agradecimiento, la constancia, la valentía, la bondad y tantas otras virtudes que reconocemos en una persona muy especial. Una celebración que compartimos amigos de diferentes lugares del mundo, unidos por el cariño hacia mi más que amiga, mi hermana del alma: Mayte.
Ella nació un día como hoy, hace 63 años. ¡Qué bendición aquel nacimiento! Aquel diminuto ser que respiró por primera vez se convertiría, con el paso de los años, en refugio y protección para tantas personas.
A mi entrañable e inigualable amiga quiero dedicarle estas líneas. Quizás alguien se pregunte por qué dedicarle un texto entero cuando tengo la fortuna de contar con tantos buenos amigos, también merecedores de reconocimiento.
Una amistad que nació en la infancia
Les cuento de mi amiga.
La conocí cuando teníamos 11 años. Ambas vivíamos en Holguín y nos aventuramos hacia un mismo destino: estudiar becadas en la Vocacional José Martí.
Compartíamos dormitorio, aficiones y paseos. Vivíamos juntas los avatares de la niñez y la adolescencia lejos de nuestros padres. Nos unieron la simpatía, la dedicación a los estudios y también aquella pasión por el arte que a las dos nos corría por las venas. Recuerdo que Mayte cantaba y bailaba muy bien. También le gustaban la animación y el teatro.
Con tristeza ella tuvo que aprender, en aquella época, a ocultar sus creencias religiosas y el amor que sentía por sus familiares que vivían en Estados Unidos. De otro modo, podía perder los “requisitos” que se exigían para permanecer en aquellas escuelas, donde estudiábamos alumnos con buenos resultados académicos y donde muchos aspirábamos a convertirnos en los “Jóvenes Comunistas” que garantizarían el futuro luminoso de nuestra patria.
Yo siempre fui su cómplice y su amiga fiel. Recordarlo, después de tantos años, es motivo de regocijo para mi alma.
Pero ya no nos bastaba con compartir historias en la escuela. Los fines de semana también estábamos juntas. Salíamos a nuestros paseos nocturnos de los sábados, dando vueltecitas de un lado a otro por el parque Calixto García, en Holguín. Y cuando aparecía alguna fiesta, aquellas “descarguitas” de entonces, allá íbamos de las primeras, dispuestas a bailar.
Maite suele recordar esa etapa diciendo que, a diferencia de ella, yo siempre encontraba “enamorados” y ella no. Quizás fuera porque era más tímida que yo, porque atributos no le faltaban.
Nuestras madres también se hicieron amigas gracias a nuestra unión y, hasta el día de hoy, continúan comunicándose con cariño.

Los caminos que nos volvieron a unir
Ambas nos fuimos a estudiar a la Unión Soviética. Ella a la ciudad de Odesa y yo a Kazán.
La vida nos llevó por caminos diferentes y, durante un tiempo, perdimos el contacto. Pero cuando me mudé a La Habana, Mayté se empeñó en encontrarme. ¡Y vaya si lo consiguió!
Cuando supe de todas las averiguaciones que había hecho para dar conmigo, pensé que había sido una verdadera “Sherlock Holmes” buscando un tesoro. Reconozco que fue mucho más audaz que yo.
Gracias a su tesón logramos abrazarnos nuevamente. Fue como recuperar aquellos lazos irrompibles de un cariño verdadero, de esos que hacen que nunca más queramos permitir que la distancia nos separe.
Ambas éramos conscientes del privilegio que teníamos: una amistad en su esencia más pura.
Para entonces, las dos nos habíamos convertido en madres y nuestras familias habían crecido. Con el reencuentro, no solo recuperamos nuestra amistad, sino que ampliamos nuestros afectos. Las dos salimos fortalecidas.

Una mujer de fe y fortaleza
Es imposible describir en estas líneas todas las vivencias que hemos compartido. Por eso quiero detenerme en algunos aspectos de su vida que, a mi juicio, la engrandecen.
Mayte es una mujer de una fe absoluta en Dios, de las que creen verdaderamente, por convicción. Esa fe le proporciona paz y una fortaleza que admiro profundamente. Es una mujer de valores humanos extraordinarios.
Estrellita, otra amiga del alma que heredé gracias a Mayte, y yo formamos con ella un trío de “mosqueteras”, de esas que hacen suya la frase “Todos para uno y uno para todos”.

A veces nos preguntamos de qué material estará hecha. ¿Cómo puede ser tan resistente, tan impetuosa? ¿Es normal tanta fortaleza en una persona?
Hoy, por ejemplo, mientras me apresuro a escribir este texto como uno de los regalos que quiero hacerle, me preparo también para asistir a la fiesta que organiza cada año por su cumpleaños.
Pero no se trata de una celebración cualquiera, de esas en las que todos llevamos algo para compartir, generalmente comprado en el mercado. ¡No! Maite lleva una semana cocinando para agasajarnos.
Prepara tamales cubanos con sus propias manos, porque, según ella, así es como quedan verdaderamente ricos. Hace costillas y hasta panes que elabora por sí misma.
Limpia los tres baños de su casa como si los mismísimos reyes fueran a visitarla. No hay ventana que amanezca con una gota de polvo.
Y todo eso lo hace mientras atiende a su madre, ya de avanzada edad, que por suerte está a su lado; acompaña a sus dos hermosos nietos y participa activamente en su educación; ayuda a su sobrino a repasar Matemáticas y todavía encuentra tiempo para que no pase un día sin saber de sus amigos.
Yo la quiero tanto que quizás les parezca que exagero al destacar sus cualidades. Pero quienes la conocen de cerca saben que hablo desde la verdad.
Esta brillante mujer, profesora de Matemáticas en una de las universidades más prestigiosas de Miami, ha demostrado cuánto se puede lograr cuando se unen el empeño y la dedicación.
Fue muy valiente al asumir el reto de impartir sus clases en inglés. Sabía que todavía tenía mucho por aprender, pero confió en sí misma y en lo que sería capaz de conseguir.
En cada conversación me transmite el amor que siente por sus alumnos, la pasión por lo que hace y el compromiso que asume con su formación. Para ella, sus estudiantes ocupan un lugar primordial en el ejercicio de su profesión.
Mayte y su esposo, Félix, han compartido 24 años de matrimonio. Tuve el privilegio de ser testigo de su boda y confieso que, al principio, me costaba imaginarlos juntos durante tantos años. ¡Son tan diferentes!
Ella es extrovertida; él, más reservado y tímido.
Pero la vida sabe sorprendernos. Esos dos seres han logrado complementarse y construir una relación basada en el amor y el respeto. Da envidia de la sana verlos compartir.
Creo que una de las claves de lo que han conseguido está en que ambos comprendieron algo esencial: cada uno necesitaba seguir siendo quien era, con su propia personalidad, sus intereses y sus sueños. Ninguno pretendió transformar al otro a su imagen y semejanza.
Félix respeta su libertad, confía en ella y disfruta acompañándola en sus ocurrencias. Por amor se ha disfrazado en las actividades, hace como que toca la guitarra o el piano y participa en el espectáculo cuando Maite aparece convertida en bailarina española, taconeando en la primera pista que encuentra.

Esta mañana, cuando los llamé para felicitarla, la encontré todavía con el delantal puesto, preparando las delicias para el festejo. Con orgullo me mostró el equipo que su esposo le había regalado para hacer panes.
No pude resistirme y le dije en broma:
—Pero ¿por qué eres tan egoísta y quieres a tu esposo solo para ti? ¿No me lo puedes prestar para el mes de enero?
Las risas acompañaron nuestra conversación.
Hoy es día de fiesta y brindaremos por ella. Mayte ama agasajar a su familia y a sus amigos. No importa cuánto se haya esforzado durante los preparativos ni el cansancio acumulado. Cuando comience la música, estoy segura de que será la que más baile.
No quiero pasar por alto mi admiración por su voluntad de cuidarse y llevar una alimentación saludable. Mayte es una mujer a la que le encanta verse bien, disfruta de la moda y se esmera en mantenerse joven.
Tenemos un grupo de WhatsApp, Estrellita, Mayte y yo, que es una fuente inagotable de alegría. Casi siempre, el primer mensaje de la mañana es suyo. Nos envía una nota de video para mostrarnos el atuendo del día, que ha preparado cuidadosamente desde la noche anterior.
¡Hay que ver cómo combina su ropa para ir a dar clases y cuánto conoce de las tendencias de la moda!
Esos pequeños rituales nos alegran el alma. Cada mañana recibimos sus palabras, su entusiasmo y esa energía contagiosa que nos ayuda a comenzar el día con una actitud positiva, a pesar de las dificultades que podamos tener.
El privilegio de una amistad verdadera
Pero hay algo que agradezco todavía más que su alegría: su capacidad de estar presente cuando verdaderamente la necesitamos.
Cuando nació mi nieta Emma, yo todavía no vivía en Miami. Mayte y Estrellita estuvieron al lado de mi hija, apoyándola y representándome como esas hermanas que la vida me había regalado.
Sus hombros, sus abrazos y su apoyo han sido un sostén con el que he contado a lo largo de mi vida, especialmente en los momentos en que más lo he necesitado.
Gracias, Mayte, por estar, por darme ejemplos de humildad, de amor y de perseverancia.
No es posible describir con palabras todo lo que te quiero y admiro. Creo que entre nosotras siempre han prevalecido la sinceridad y el respeto, incluso cuando hemos conversado sobre temas en los que no coincidimos. Hemos aprendido a dejar enfriar las discusiones y a comprender que ninguna diferencia merece poner en riesgo una amistad como la nuestra. Jamás quisiéramos herirnos, ni siquiera con el pensamiento.
Quiero que pases el mejor de los cumpleaños. Que sigas siendo feliz, que tu sonrisa contagiosa nunca se aleje de tu rostro, por tu propio bien y por todo lo que esa alegría aporta a quienes te queremos, incluidos tus alumnos, que tanto te valoran y respetan.
Tu madre, tu esposo, tu hija, tus nietos, tus amigos y todos los que tenemos el privilegio de compartir tu vida nos unimos hoy para desearte: ¡Muchas felicidades!
Me apresuro a publicar este texto que acabo de escribir. Aunque generalmente prefiero dejar reposar mis escritos para darles una segunda y hasta una tercera mirada, esta vez lo publicaré sin esperar, porque la fecha y tú lo merecen.
Por: Cristina Hormilla
10/31/2026 (12:25 PM)


Lagrimas de agradecimiento mi querida hermana.Nunca habia recibido tantos eligios y si vienen de ti me emocionan el doble. No tengo suficientes palabras para decirte lo afortunada que soy.Eres de esos regalos especiales que Dios me ha dado. Gracias con mayusculas. Me seguire esforzando por pider darte alegria y por siempre ser ese hombro al cual podras apoyarte.Dios bendiga mucho tu vida y la de tu familia.Te quiero mucho y espero
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