Iguales y diferentes, así somos los seres humanos en este mundo. Con independencia del país donde nacemos, todos biológicamente contamos con los mismos órganos en el cuerpo. Se convierten entonces las costumbres sociales, el medio que nos rodea, las normas de conductas típicas del lugar, los aspectos culturales, en elementos que definen la idiosincrasia que nos van a caracterizar.
Los diversos escenarios en que me he movido me han permitido palpar las marcadas diferencias entre personas, en dependencia del país en que nacen y se desarrollan.

Recreando la realidad de Guinea-Bisáu, país africano donde viví algún tiempo, pude percatarme, que los guineanos en general son personas alegres a pesar de la pobreza en que la mayoría vive. Basta mirar el colorido de sus trajes para sentir que son expresión del fuego y el sol. Un clima cálido durante todo el año los ayuda en la alegría y a la vez los agota también demasiado en sus faenas. Debe ser por alguna causa de este tipo sumado a la inadecuada alimentación, que los percibí como personas que no se esfuerzan mucho y se adaptan a la monotonía de sus vidas sin grandes pretensiones, viven como en pausas, lentos. Conversando con niños y jóvenes al preguntarle sobre sus aspiraciones de mayores, la respuesta más común es que querían ser vendedores del “bandim”, así les denominan a los mercados tipo ferias donde puedes encontrar variedad de productos. Muy curioso resultaba cuando pasábamos al mediodía por esos sitios, verlos a todos durmiendo la siesta plácidamente al lado de sus quioscos, y algunos ni se inmutaban si a esa hora deseabas hacer compras, era su momento de descanso. Tampoco les resultaba un problema la falta de higiene del área, es algo que viene impregnado en su manera de vivir.

Por lo general las mujeres asumen la mayor parte del trabajo en la familia, cargan a sus hijos en la espalda y desde temprano salen a “luchar el pan de cada día”, no es ni puede ser prioridad para ellos la escuela, la superación, es algo que tienen vedado por lo duro de su diario bregar para acumular un poco de dinero que les permita alimentarse. Los niños también trabajan desde pequeños, lo mismo venden productos, que intentan desesperadamente que se les permita limpiar parabrisas de autos, zapatos, cualquier cosa que les reporte una ínfima remuneración.

El machismo está impregnado en esas sociedades, con curiosidad y asombro veía como el chofer que trabajaba en nuestra Facultad, ahorraba kilo a kilo para poder comprarse otra mujer, ya tenía una y con acuerdo previo, una niña de apenas 13 años esperaba porque él acumulara el dinero pactado con su padre. Mientras más mujeres eran capaces de tener y mantener, más se elevaba su reputación social. Las hijas hembras no son tan bien recibidas en las familias como los varones. Tuve una alumna que me contó que su familia pretendía cambiarla por una vaca.

Las casas en las que viven la denominan “tabanka”, generalmente las construyen con arcilla, hierbas largas secas que crecen en las sabanas y alguna madera, ahí comparten la comida del día, generalmente en la tarde, todos sentados alrededor del caldero, es típico el arroz amarillo con aceite de palma. Con sus manos se alimentan con lo que pueden esos seres humanos que arrastran tantas penurias.

Vi en los transportes colectivos trasladar juntos personas y animales. De hecho, una vez monté en un avión hacia Senegal donde en el mismo local de los pasajeros iban chivos y cerdos. Yo lo veía raro, pero para ellos era totalmente normal.
La muerte es algo visto con más naturalidad de lo que estamos adaptados a verla por acá. No se preparan para largas vidas. La falta de recursos, atención médica, fármacos para las dolencias, la escases de vacunas, enfermedades autóctonas como el paludismo los golpea cotidianamente. Los parásitos se multiplican a su ancha, caminan descalzos a falta de zapatos, toman aguas contaminadas y agudizan sus males.
Asistí a los funerales de un señor nativo adinerado. Me sorprendió la manera en que se celebran estas despedidas dependiendo de su clase social. En este caso recuerdo que duraba 5 días la ceremonia. El cadáver se preparaba para el ritual. Acostado en su cuarto, elegantemente vestido el primer día con un traje negro estaba rodeado de varias mujeres que lloraban, turnándose para mantener siempre el cuarto con compañía, por lo general no conocen a la persona fallecida, es un trabajo como otro cualquiera por lo que perciben salario. El segundo día el cuerpo es vestido con otra ropa, esta vez llevaba un traje blanco con un sombrero a tono. Deliciosos aromas de carne asada salían del amplio patio donde eran sacrificados diferentes animales como exigía la ocasión. Ese día se le ofrece comida a todas las personas que asisten al evento. Oportunidad que aprovechan los más pobres para alimentarse.

Independientemente de sus tristezas, sentí que mantienen el alma dulce, la hospitalidad, solidaridad y el desprendimiento los caracteriza. En aquel entonces había conflictos y peleas entre tribus por razones religiosas. Es un país complejo donde conviven varios credos: musulmanes, cristianos y otras religiones tradicionales. Muchas etnias reconocidas, los Balantas, Pepel, Manyacas, Mandingas, Fulas. A todas las acompañan disímiles tradiciones. Los colegas que me precedieron en la misión se vieron atrapados en una guerra civil, vivieron momentos de pánico porque la situación se tornó muy violenta.
Muchos niños guineanos vinieron a Cuba en un convenio de colaboración entre naciones a realizar sus estudios. Enfrentaron a muy corta edad un cambio de vida sustancial al separarse de sus padres y su hogar desde pequeños. Casi todos estudiaron desde la enseñanza primaria hasta la pre universitaria en la Isla de la Juventud. Regresaron unos graduados de técnico medio y los más aventajados extendieron su estancia en Cuba obteniendo títulos universitarios en ramas como la Agricultura, la Informática, Economía, Medicina, entre otras. Varios se quedaban a trabajar en su país, pero otros emigraban en busca de mejores opciones.

La nostalgia de las separaciones al principio la lograban palear algunos con cartas que recibían con mucho retraso, pero me contaban que con el pasar de los años muchos ya perdieron el vínculo familiar. Pude ver el momento del regreso de una parte de ellos en vuelos chárteres. Ya ni recordaban cómo era su tierra natal. Criados en el Caribe, con una idiosincrasia totalmente diferente, cubanizados en sus maneras de actuar y ver la vida, sufrieron un choque duro de impresiones. Los afortunados se reencontraron de algún modo con los padres que esperaban en el aeropuerto ansiosos y con temor de no poder reconocer a sus hijos, traían un nombre escrito en un papel por si no lo lograban. Retornaban después de 12 años o más. Otros no recibieron bienvenidas y no sabían ni dónde vivía su familia. Muy duro fue escuchar y constatar historias de jóvenes que frecuentaban constantemente la embajada cubana con la esperanza de poder regresar a Cuba porque no lograban adaptarse a su país y sus hábitos.

Cotidianamente esos “cubanitos” se acercaban a los colaboradores cubanos porque de ningún modo querían perder los vínculos. Consideraban a Cuba como su segunda patria o quizás en el corazón la primera, porque aquí crecieron y se identificaron de tal forma con nuestra manera de ser que sus pensamientos eran recurrentes, palabras de amor y añoranzas por el pasado que disfrutaron en la isla los acompañaban, ya no se identificaban de igual modo con el ritmo africano y consideraban la música salsa como su preferida. El baile de casino lo incorporaron casi mejor que cualquier cubano. En cuanto al desarrollo profesional la mayoría se sintieron frustrados, se graduaron de especialidades que no podían ejercer en su país porque no existían centros afines donde emplearse. Los que corrieron con mejor suerte lograron insertarse como médicos, ingenieros realizándose en sus especialidades.
El medio en el que nos desenvolvemos es decisivo en las maneras de actuar que vamos aprendiendo desde los primeros años. La pobreza trae aparejada maneras oscuras de vislumbrar el futuro. Nadie añora lo que no conoce. Quisiera que los espíritus divinos a los que se le atribuyen tantos poderes, se acercaran y tocaran el alma de los que pueden ayudar de algún modo a que esas sociedades no pierdan su esencia y su luz, que les llegue lo elemental para que puedan soñar y no sufran tanto esas madres que, sin control de la natalidad, paren muchos hijos, convencidas de que a la adultez no llegarán todos. A ese pueblo guineano que me acogió con tanto amor y habita en mis recuerdos le deseo un cambio para bien y que se abran sus horizontes cuanto antes.

Por: Cristina Hormilla Castro.
05/11/2020

Leave a comment