El aula que dejó huellas en mi alma.

Cuando siento deseos latentes de escribir y no aplazo el momento para después, ya sé que se trata de una emoción importante que quiere brotar desde mi pensamiento y quedar registrada con la intensidad y la impronta del instante.

Eso mismo estoy viviendo hoy, y detengo cualquier otro plan para convertir en palabras la mezcla de sentimientos que llevo dentro. Les cuento:

Hace tiempo sentía la necesidad de compartir la experiencia y los valiosos desafíos que representó, a mis 60 años, volver a apasionarme frente a un grupo de alumnos y, más que transmitir conocimiento, tomarles de la mano en la motivación para que avanzaran en este país que tantas dificultades representa para quienes emigramos, pero que, al mismo tiempo, nos abre un universo de posibilidades de crecimiento inimaginables.

Las puertas del Miami Jackson Adult Education Center me dieron la bienvenida el 22 de septiembre de 2024. Desde el primer día caminé confiada. Era el mundo que anhelaba. Creo que nací, entre otras cosas, para enseñar y transmitir lo que aprendo a otras personas.

El respaldo incondicional de la profesora que me recibió fue la puerta de entrada a un entorno coronado por el amor y el acompañamiento hacia jóvenes que llegan por diversas vías a Estados Unidos. Provienen, en su mayoría, de países latinoamericanos, muchos con vidas difíciles y pasados marcados por las durezas que han tenido que afrontar. Mis alumnos, en su mayoría migrantes, reciben el apoyo del gobierno para integrarse a la sociedad de la mejor manera. El programa SMA (Success Management Academy) subsidia sus estudios para que logren alcanzar el nivel de High School, aprobando los cuatro exámenes del GED.

La mayor meta de los profesores es evitar que se desanimen en el camino y hacerles saber que sí pueden lograrlo. El año pasado participé en la graduación en el mes de julio y, sin duda, ha sido uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

Mi primer reto fue impartir clases de Estudios Sociales. Mi formación como informática y economista no coincidía exactamente con esos contenidos, pero bastaron unas semanas de intensa preparación para verme en mi escenario ideal: un aula, conquistando a los verdaderos protagonistas de mi historia, mis alumnos.

Otro gran desafío fue convertirme en maestra de ESOL, un reto que asumí con entusiasmo por todo el crecimiento que implicaba. Adentrarme en la enseñanza del idioma, acompañando a mis estudiantes en su proceso de adaptación y comunicación, fue una experiencia profundamente enriquecedora tanto para ellos como para mí.

Qué placer infinito levantarme cada día entusiasmada para ir al trabajo. El calor humano de mis estudiantes disipaba cualquier dolencia, y lo disfruté al máximo. Nunca olvidaré que, en el período en que una de mis rodillas quiso detenerme con una artritis, nunca dejé de enseñarles. Les doy gracias porque ellos me movían en una silla de ruedas y me apoyaron en todo momento.

Pero no todo fue luz. Así como disfruté intensamente cada momento, también me tocó vivir experiencias profundamente tristes que marcaron mi alma.

Una de mis mejores alumnas, Camila, perdió la vida en un accidente mientras se dirigía a la escuela. La estaba esperando… y nunca llegó.

Esa noticia me estremeció.
Me derrumbó.
Me tocó acompañar a sus compañeros de clase y a su familia en uno de los momentos más duros que he enfrentado como maestra y como ser humano.

Nunca imaginé hasta qué punto un alumno puede calar en mi ser, hasta sentirlo como alguien propio, como una responsabilidad que va más allá del aula y toca lo más profundo del corazón.

Hoy, después de un año y siete meses juntos, me toca despedirme. Pronto comenzaré un nuevo trabajo y, como todas las etapas de la vida, esta también llega a su cierre.

El amor que percibí en cada abrazo de un alumno, de mi Principal, de mi coordinadora Iris, de la consejera Danae, de cada maestro y miembro del colectivo, de ese ser que cuida con devoción a nuestros estudiantes, Ms. Smith, y de la señora María en la recepción… en fin, las grandes obras siempre necesitan muchos brazos para construirse.

Todo esto me demuestra, una vez más, la importancia de entregarse a cada labor con disciplina, amor y el deseo genuino de dar lo mejor de nosotros. Así lo hice, y así me entregaré a cada nuevo paso que tenga por delante. Es mi manera de ver la vida: caminar con entusiasmo es la mejor forma de sembrar y recibir alimento para el alma.

Gracias por todo. Los llevaré en el libro de mi vida como un capítulo escrito en negrita, subrayado y con signos de admiración.

Miami, 20 de abril de 2026 – 4:22 p. m.
Por: Cristina Hormilla

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