Mi Kazán: cinco años que llevo conmigo

Me debo este texto desde hace mucho tiempo. Siempre he sentido que aquella fue una etapa tan importante de mi vida que, quizás por temor a no poder reflejar de la mejor manera cinco años cruciales en mi formación, lo he ido posponiendo.

Hoy me resguardo en el silencio de mi habitación para sumergirme en un diálogo interior y dejar que broten las anécdotas y enseñanzas que aún llevo conmigo. Son recuerdos de una época vivida lejos de mi madre, de mi familia y de mi tierra con tan sólo 18 años.

A esa edad, cargada de sueños y con aquellos aires de aventura que ya empezaban a florecer en mí, me subí a un avión de la compañía rusa Aeroflot. Junto a un grupo de compañeros de estudios partí hacia otro continente. Mi destino era Kazán, en la entonces Unión Soviética. Con sinceridad, creo que no sentía miedo. Me iba a estudiar durante cinco años la Licenciatura en Cibernética Económica en una universidad que llevaba el nombre de Vladimir Ilich Lenin, el líder de la Revolución de Octubre del que tantas veces habíamos escuchado hablar en nuestras clases.

En mis años de estudiante en Kazán.

Llegábamos cargados, además, con una imagen muy particular de aquel país. Nos habían enseñado que tendríamos el privilegio de vivir en una sociedad que avanzaba hacia un sistema superior, el comunismo, y que la conciencia de los jóvenes del Komsomol leninista sería el espejo en el que debíamos mirarnos. Pero las primeras vivencias comenzaron muy pronto a mostrarme un mundo bastante diferente del modelo que llevábamos construido en nuestras mentes.

Desde mis primeros contactos con los compañeros de clase percibí, en cuanto a ideales, algo muy distinto de lo que esperaba encontrar. Había cansancio, desencanto, inconformidad y muy poco apego al sistema que nosotros, los jóvenes cubanos, habíamos idealizado desde la distancia.

Venimos a la vida cargados de ideas aprendidas. A veces hace falta viajar miles de kilómetros para comenzar a cuestionarlas.

No pretendo profundizar aquí en los acontecimientos políticos, de sobra conocidos, que años después terminarían con la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista. Mi intención es otra: recordar las maravillosas experiencias humanas que pasaron a formar parte de mi esencia durante aquellos años de juventud plena, cuando un grupo de jóvenes inmaduros, diferentes y nostálgicos aprendimos a superar barreras que entonces nos parecían enormes.

Cuando descubrimos que no sabíamos ruso

Al terminar el Bachillerato, los jóvenes seleccionados para estudiar fuera de Cuba —ya fuera en la Unión Soviética, Bulgaria, Hungría, Polonia u otros países del campo socialista— pasábamos primero un año académico estudiando el idioma en las llamadas Escuelas Preparatorias.

Yo vivía en la ciudad de Holguín y tuve que trasladarme a La Habana, donde estaba la escuela que me habían asignado. Como siempre me gustó estudiar y era muy aplicada, me esforzaba por obtener 5 en todas las asignaturas. Terminé aquel año convencida de que iba bastante bien preparada para estudiar una carrera universitaria en ruso. La realidad me esperaba en Kazán. Frustración total.

La universidad de Kazán donde transcurrieron mis años de estudiante. Imagen actual.

Cuando llegamos, prácticamente no entendíamos nada cuando los rusos nos hablaban. Por primera vez apareció el temor: ¿seríamos realmente capaces de estudiar una carrera universitaria en aquel idioma? Los estudiantes cubanos de años superiores nos tranquilizaron. Ellos ya habían pasado por lo mismo y nos aseguraban que, en cuanto nuestro oído se acostumbrara a la velocidad y a la manera de hablar de los nativos, comenzaríamos a entender. Y así fue.

Las primeras clases en aquellas gigantescas aulas de conferencias eran una verdadera tortura. Apenas podíamos tomar notas. Pero, como ocurre tantas veces en la vida, el tiempo, la paciencia y la perseverancia fueron acomodando los compases. Hasta que un día, casi sin darnos cuenta, ya soñábamos en ruso.

Aprender ese idioma fue una de las habilidades que Kazán me regaló y que agradezco profundamente, porque me ha resultado útil en diferentes momentos de mi vida.

Aprender a vivir en otro mundo

Llegamos a Kazán en agosto, cuando el frío todavía no mostraba su verdadera cara. Después conoceríamos el invierno ruso en toda su intensidad, con días en los que el termómetro podía descender hasta los 20 grados bajo cero. Para unos jóvenes cubanos acostumbrados al clima del Caribe, aquello era todo un descubrimiento.

También tuvimos que adaptarnos a sabores diferentes. La comida rusa era muy distinta de la nuestra, pero terminamos acostumbrándonos y disfrutándola. Recuerdo especialmente sus sopas, muchas de ellas deliciosas. Y mientras nosotros aprendíamos a querer su cocina, ellos también descubrían nuestras costumbres culinarias. Se quejaban, por ejemplo, de que los cubanos utilizábamos demasiado puré de tomate y demasiados adobos en las comidas. Eran esas pequeñas diferencias cotidianas las que, sin darnos cuenta, nos enseñaban a convivir con otra cultura.

Las personas que hicieron más corta la distancia

Sería injusta hablar de aquellos años sin detenerme en la bondad y el cariño que recibimos de tantas personas. Cada ciudad y cada universidad tenían sus propios reglamentos y maneras de organizar la vida de los estudiantes extranjeros. En las universidades soviéticas no estudiábamos solamente cubanos. En Kazán había también jóvenes de Vietnam, Afganistán, Alemania y otros países, aunque los cubanos éramos numerosos.

En nuestro albergue compartíamos cuatro personas por habitación. En mi caso, dos muchachas rusas y dos cubanas. ¿Qué decir de aquellas amigas que tuve en Kazán? Fueron excelentes compañeras, fraternales y cariñosas. Nos apoyaron como hermanas.

El albergue donde viví durante mis dos primeros años en Kazán. Imagen actual.

Compartí habitación con Marcela, una santiaguera de pura cepa, dicharachera, bailadora y buena persona, que además estudiaba mi misma especialidad. Y estuvo mi querida Guzel, que me brindó una amistad sincera y me permitió conocer la vida cotidiana de una verdadera familia rusa en su pueblo. Con ella conocí las bañas rusas, espacios muy arraigados en su cultura que, salvando las diferencias, hoy podríamos comparar con ciertos spas: lugares para bañarse, disfrutar de la sauna y compartir en familia.

Con mi querida amiga Guzel, en nuestros años de estudiantes en Kazán.

De mi Kazán amado permanecen también imborrables el apoyo, el cariño y la compañía de Sveta, Natacha y tantas otras personas que consiguieron que no sintiéramos tan profundamente la distancia de los nuestros.

En Kazán también conocí el amor

Allí conocí por primera vez el amor responsable.

En Kazán me comprometí con quien sería el padre de mi primera hija. Después de dos años de estudios, durante nuestras vacaciones en Cuba, nos casamos en Holguín y regresamos juntos a Kazán para continuar la carrera. Tiempo después nació Helen.

A la salida del hospital con Helen recién nacida, junto a su papá y mi hermana.

Enfrenté mi embarazo con una fuerza interior que ni siquiera sabía que poseía. No tenía idea de cómo criar a una bebé, pero la maternidad tiene esa capacidad extraordinaria de revelarnos hasta dónde podemos llegar. El amor por un hijo hace aparecer fuerzas que una no sabía que existían. Por suerte, a pesar del crudo invierno de Kazán, Helen nunca se enfermó.

Con mi pequeña Helen en Kazán

Su papá y yo estudiábamos la misma especialidad y pertenecíamos al mismo grupo. Después de su nacimiento tuvimos que encontrar nuestra propia manera de continuar estudiando y, al mismo tiempo, cuidar de ella. Compartíamos una sola libreta de notas: un día iba él a clases y yo me quedaba con Helen; al siguiente, iba yo y él se quedaba cuidándola. Quien asistía tomaba las notas para los dos.

Con el apoyo de nuestros profesores y compañeros, de mi hermana y su esposo —que estudiaban en otra ciudad pero acudieron cuando los necesitamos— y, sobre todo, con mucho esfuerzo, conseguí no aplazar exámenes ni reprobar ninguno. Así transcurrieron aquellos meses, compaginando los estudios con la difícil, agotadora y, al mismo tiempo, maravillosa tarea de cuidar nuestro tesoro más preciado. No fui la única. Otras madres jóvenes asumieron también aquella enorme responsabilidad a edades muy tempranas.

Después de dos años más de estudios regresamos a Cuba de vacaciones. Helen tenía entonces apenas un año y un mes. Llegó el momento de tomar una de esas decisiones que la vida te impone y que, por necesarias, no dejan de ser dolorosas: debíamos regresar a Kazán para cursar el quinto y último año de nuestra carrera universitaria, mientras nuestra niña se quedaba en Cuba.

Pudimos hacerlo con la tranquilidad de saber que quedaba en las mejores manos. Mi madre y su entonces esposo la cuidaron y la criaron con una dedicación y un amor que agradeceré siempre. Para Helen, él nunca fue simplemente el esposo de su abuela. Lo llamó Nepa y, desde entonces, ocupó en su corazón el lugar de un verdadero abuelo. Ese apoyo fue también parte de nuestro logro. Mientras nosotros regresábamos a Kazán para terminar el camino que habíamos comenzado, ellos asumían en Cuba el cuidado de lo más valioso que teníamos.

Cinco años para aprender mucho más que una carrera

Las dificultades fueron muchas: el clima, el idioma, la adaptación a una cultura diferente, la nostalgia y la distancia de nuestras familias. Pero aquellos cinco años representaron para mí —y me atrevería a decir que para la mayoría de nosotros— una escuela de crecimiento personal que marcó nuestro rumbo posterior.

Recibíamos un estipendio mensual de 90 rublos. Y como queríamos comprar algunos regalos para llevar a nuestras familias en Cuba, durante las vacaciones teníamos la posibilidad de trabajar. Algunos lo hacían en fábricas; los varones, por ejemplo, descargaban vagones de víveres.Aquellas experiencias también fortalecieron nuestro carácter. Allí dependíamos de nuestras propias decisiones. No teníamos a mamá o a papá cerca para corregir nuestros errores o solucionar las situaciones complejas que aparecían.Teníamos que aprender a caminar solos.

Y mientras aprendíamos a vivir, también comenzábamos a mirar de otra manera muchas de las ideas con las que habíamos llegado. Viví allí durante los fallecimientos de Brézhnev, Andrópov y Chernienko. Me sorprendió no percibir en la mayoría de los compañeros rusos que conocía el sentimiento que yo esperaba ante aquellas pérdidas. Poco a poco comprendí que existía un profundo desencanto y que la realidad cotidiana era mucho más compleja que la imagen que nosotros habíamos recibido en Cuba.

También observé grandes diferencias entre las distintas repúblicas y ciudades de la Unión Soviética. Cuando llegué a Kazán, en 1982, todavía existían allí cupones para adquirir determinados alimentos, como carne y mantequilla, mientras escuchábamos historias muy diferentes de otras ciudades. Conocí también la presencia del mercado informal y escuché a trabajadores quejarse de sus bajos salarios y explicar las estrategias que utilizaban para complementar sus ingresos.

Todo aquello fue modificando mi manera de entender la sociedad que tenía ante mis ojos. Con los años, y después de lo que ocurrió posteriormente, muchas de aquellas experiencias adquirieron para mí un significado diferente. Pero eso pertenece a la historia. Mi Kazán es, sobre todo, otra cosa.

Con lo que me quedo

Me quedo con la belleza de su gente, con la solidaridad humana y con aquel brillante claustro de profesores que desarrolló en nosotros la capacidad de aprender, razonar y enfrentarnos a nuevos conocimientos. Me quedo con el nacimiento de mi primogénita y con el cariño de los médicos que me atendieron durante el parto. Con la señora de la recepción del albergue que nos regañaba cuando llegábamos tarde y que, a la mañana siguiente, nos recibía nuevamente con una sonrisa.

Y, por encima de todo, me aferro al recuerdo de las relaciones humanas y de la hermandad que nació entre nosotros y que, increíblemente, ha sobrevivido al paso del tiempo. Una prueba hermosa de ello ocurrió en 2007, cuando celebramos en Varadero un encuentro que reunió a 200 graduados de Kazán.

Fue uno de esos momentos que guardo entre mis recuerdos más queridos. Tuve además el privilegio de animar aquel evento y, desde esa posición, contemplé los abrazos sinceros, la alegría y el cariño intacto entre compañeros que llevaban tantos años separados. Por unas horas, parecía que el tiempo había retrocedido y que volvíamos a ser aquellos jóvenes que un día compartieron sueños, dificultades y una etapa irrepetible de sus vidas.

El viaje de regreso

En 1987 llegó el momento de despedirme de Kazán. Después de graduarnos viajamos desde Kazán hasta Odesa. Allí nos esperaba el Chaliapin, uno de aquellos grandes barcos utilizados entonces para trasladar a los estudiantes cubanos de regreso a la isla.

En otras ocasiones había regresado a Cuba de vacaciones en avión, pero aquella vez era diferente. Regresaba después de graduarme. Nunca había viajado en un barco de aquellas dimensiones. Lo recuerdo como un enorme edificio moviéndose sobre el mar, llevándonos rumbo a La Habana y, con nosotros, cinco años de recuerdos.

Había llegado a Kazán en avión con 18 años, cargada de sueños y sin saber realmente cuánto cambiaría mi vida. Cinco años después, partía desde Odesa rumbo a La Habana por mar. Ya no regresaba la misma muchacha. Volvía graduada, casada, madre y con una manera diferente de mirar el mundo.

Kazán, tantos años después

A la ciudad de Kazán le agradezco eternamente una parte importante de lo que soy. Nunca he podido regresar. Sin embargo, a través de mis amigas y de las imágenes que encuentro en Internet, observo con admiración cuánto ha cambiado aquella ciudad que permanece intacta en mi memoria.

Y la vida, con esas casualidades que a veces parecen escritas por alguien, todavía tenía preparada otra sorpresa. Aquí, en Miami, 39 años después de haberla visto por última vez, hoy comparto oficina con mi querida Anays, quien estudió conmigo la misma especialidad de Cibernética Económica. Cuando el azar volvió a unir nuestros caminos, nos abrazamos. Y aquel abrazo parecía haberse quedado detenido en el tiempo. Fue tan sincero y sentido como los abrazos que nos dimos tantísimos años atrás, cuando todavía éramos aquellas jóvenes estudiantes que apenas comenzaban a imaginar el camino que tenían por delante. Así de fortuita y rica puede ser la vida.

Y sería inadmisible terminar estos recuerdos sin mencionar a una persona que, desde nuestro regreso a Cuba, ha trabajado incansablemente por mantener la unión entre los kazansis: Irina Cascaret. Gracias, Irina, por tu empeño en mantener viva aquella juventud en nuestros corazones y por la entrega a una obra tan hermosa.

Con los años hemos tenido diferencias políticas y personales, como es natural entre seres humanos que han recorrido caminos distintos. Pero ha prevalecido el respeto. Y eso merece ser enaltecido. Algunos de aquellos amigos ya no nos acompañan en la vida terrenal. Hasta ellos llegue nuestra luz, nuestro recuerdo y nuestro amor multiplicado.

Cometimos errores, por supuesto. Éramos jóvenes. Estábamos aprendiendo. Pero quizás esa sea una de las mayores enseñanzas que me dejó Kazán:

Si nunca nos equivocamos, el aprendizaje de la vida se queda solamente en los libros.

A todos mis antiguos amigos y compañeros de Kazán dedico estas palabras. He intentado resumir cinco años y, al terminar, siento que me he quedado corta. Quedan demasiadas anécdotas.

Pero esas merecen otra crónica.

Miami, 12 de septiembre de 2026

Cristina Hormilla Castro

Leave a comment

Blog at WordPress.com.

Up ↑