El privilegio de envejecer

Ya en el camino del envejecimiento, todavía sin saber a ciencia cierta cuándo es el momento justo para declararnos «viejos» o, dicho de una manera más bonita, «ancianos», me he detenido a reflexionar sobre el tema.

Y quiero comenzar por una convicción que me acompaña desde hace tiempo: el simple hecho de haber nacido es un milagro.

¿Se han detenido alguna vez a pensar en las infinitas posibilidades que tuvieron que coincidir para que cada uno de nosotros llegara a existir? Entre millones de espermatozoides y tantos óvulos que nunca llegaron a ser fecundados, un encuentro hizo posible nuestra vida. Precisamente la nuestra, entre tantas que pudieron ser y nunca fueron.

¿Cómo no sentirnos privilegiados?

Por eso creo que este milagro merece ser apreciado y disfrutado, exprimiendo hasta la última gota del zumo de esa “naranja” que a veces sale dulce, otras, semiamarga y, en ocasiones, de pura amargura. Pero zumo al fin, y bien vale la pena.

El tiempo, ese implacable que los humanos nos empeñamos en medir y contar, nos va marcando el tic-tac del reloj biológico y descubriendo en los espejos pequeñas pinceladas que dibujan surcos en la piel.

Mientras tanto, vivimos rodeados de clichés y mensajes que nos empujan a disimular los años, como si nuestro valor dependiera de la tersura de las mejillas o de la silueta que conseguimos mantener. Me apena escuchar el miedo a envejecer que tantas personas proclaman.

Yo prefiero mirarlo de otra manera.

A los 62 años observo mi pasado desde una ventana diferente, con la seguridad que me da estar en el presente. Repaso decisiones y acciones que antes juzgaba con severidad. Ahora agradezco, aprendo y paso página.

He aprendido también a querer y cuidar mi cuerpo, ese que me ha acompañado hasta aquí. Intento bajar de peso, caminar cada día y fortalecer mis músculos, porque quiero seguir disfrutando de cuanto la vida me permita.

Pero no descuido aquello que me apasiona. Escribir se ha convertido en una necesidad que me empuja. Tejer sigue siendo ese pasatiempo al que no quiero renunciar. Y continúo haciendo listas de tareas que probablemente nunca consiga completar, pero que me entusiasma seguir proponiéndome.

Todavía tenemos sueños por estrenar

Y no soy la única empeñada en hacer cosas.

Mis compañeros de la vocacional, aquellos con quienes compartí los años de adolescencia, me regalan constantemente motivos para reafirmar esta manera de mirar la vida.

Ayer, mi amigo Eugenio Reyes, conocido artísticamente como Eferbry, lanzó su primer disco musical, Desde Abajo. Toda una vida cantando, estudiando instrumentos y cultivando su pasión por la música hasta convertirla en una obra propia. ¡Qué maravilla comprobar que nunca es tarde para hacer realidad un sueño!

También este año, mis compañeros Carina Trinchet y Soto han publicado sus libros. Y yo, que ando entre crónicas, recuerdos y páginas todavía por escribir, tengo entre mis metas publicar el mío.

Me gusta pensar que seguimos siendo, de alguna manera, aquellos muchachos que fuimos, solo que ahora llevamos a cuestas unas cuantas décadas de experiencias, algunas canas y muchas historias que contar.

Aprender también de los más jóvenes

Y si de nutrirse de los demás se trata, hay algo que considero esencial: no encerrarnos en nuestra generación ni empeñarnos en demostrar que todo lo que hacíamos antes era mejor.

Me gusta relacionarme con los jóvenes, escuchar sus criterios y dejarme contagiar por esos aires renovadores que traen consigo. Mis hijas, sus amigas, los alumnos que he tenido y muchos de mis compañeros de trabajo me han enseñado muchísimo. Sus perspectivas me invitan a cuestionar mis propias certezas, y lo agradezco.

Creo que uno de los riesgos de envejecer es comenzar a mirar el presente únicamente con los ojos del pasado. Tenemos experiencias que transmitir, por supuesto, pero también mucho que aprender. Mientras conserve la curiosidad y la capacidad de cambiar de opinión, sentiré que una parte de mí sigue siendo joven.

El regalo de ser abuelos

Y entre los privilegios que suelen regalarnos los años hay uno que merece un lugar especial: disfrutar de nuestros nietos.

Es una forma de amor diferente, más reposada, libre de aquella responsabilidad total con la que asumimos la crianza de nuestros hijos cuando éramos jóvenes. Ahora podemos entregarnos al gozo de arrullarlos, acompañar su crecimiento y maravillarnos con cada uno de sus descubrimientos.

Es el amor sumado a la calma, a la ternura y a la transmisión de anécdotas e historias que algún día formarán parte de sus propios recuerdos.

Los nietos tienen, además, el extraordinario poder de devolvernos a nuestra infancia. Sin apenas darnos cuenta, volvemos a tararear aquellas canciones que creíamos olvidadas, a recitar poesías aprendidas hace décadas y a jugar con la misma ilusión de entonces.

¡Qué dicha incomparable!

A veces pienso que esa ternura que despierta en nosotros el papel de abuelos es uno de los mejores antídotos contra el envejecimiento. Porque mientras los acompañamos a descubrir el mundo, ellos nos regalan la posibilidad de volver a mirarlo con ojos de niños.

La vida en dos orillas

No ignoro, sin embargo, mi realidad.

Los cubanos vivimos en dos orillas. Yo estoy en aquella donde, a mi edad, todavía se puede seguir soñando y, más que eso, haciendo. Reconozco el privilegio que representa. Si estuviera en la orilla contraria, seguramente estaría escribiendo otro texto.

Dentro de tres meses cumpliré cuatro años de mi llegada a Miami. Cuando creía que se acercaba el retiro laboral, acá debí comenzar desde cero a construir otra historia.

Y la voy haciendo.

He desempeñado diferentes labores, las primeras más difíciles, pero no menos importantes. Cada una me ha enseñado a valorar los peldaños que voy subiendo. Aspirar a nuevas metas me ha obligado a superarme y reinventarme.

En otro tiempo imaginaba que a esta edad tendría dinero suficiente para dedicarme a escribir, tejer, pasear y disfrutar de los libros y las películas que antes no había tenido tiempo de descubrir. Pero provengo de un país donde prácticamente nada puedes acumular para esta etapa de la vida. Aquel sueño terminó convirtiéndose en una quimera.

Mi realidad cuenta otra historia. Y aunque en ocasiones me pareció injusta, comenzar de nuevo ha resultado ser una de las mejores cosas que me han pasado.

Si la salud y el destino me lo permiten, trabajaré hasta los 70 años o más. Me entusiasma sentirme útil, aplicar mis conocimientos, aprender de mis colegas y compartir con ellos. Creo que mantener responsabilidades, proyectos y vínculos humanos puede ser un estímulo importante para la mente y el cuerpo.

Hasta las dos horas diarias de tráfico en esta ciudad miamense he aprendido a aprovecharlas. Escucho pódcast que me enriquecen y me hacen reflexionar. Uno de mis favoritos es Ojalá lo hubiera sabido antes, que recomiendo por la sabiduría que transmite.

Pero no todo es entusiasmo.

Tengo una hija, mi madre y otros familiares en Cuba, además de amigos a los que quiero y extraño. Me asusta la posibilidad de que enfermen y no dispongan de los recursos que necesiten. Me abruma saber que tantos sueños y esperanzas se marchitan.

No me niego esos temores, pero busco mecanismos que me permitan seguir andando con lucidez. He aprendido que también debemos reconocer hasta dónde podemos llegar, porque empeñarnos en resolver lo que escapa de nuestras manos termina por frustrarnos y agotarnos.

El valor de los abrazos

Y hay algo que considero cada vez más importante: cultivar comunidades reales.

Vivimos en tiempos en que las redes sociales nos ofrecen comunidades virtuales de miles y hasta millones de personas. No reniego de ellas, porque también nos acercan, nos enseñan y nos permiten mantener vínculos a pesar de las distancias. Pero me pregunto cuánto de esa conexión se traduce en verdadera compañía.

Reivindico la importancia de tener cerca a personas con quienes podamos reunirnos, conversar mirándonos a los ojos, compartir alegrías y preocupaciones, celebrar los logros y, sobre todo, abrazarnos.

Porque una cosa es estar conectados y otra, muy distinta, sentirnos acompañados.

Acurrucarse el alma entre otros seres humanos ¡Cuánto bien nos hace!

Esta reflexión es, en parte, un desahogo. Pero también nace del deseo de compartir mi manera de mirar los años que voy acumulando. No siempre ha sido fácil llegar hasta aquí, y seguramente tampoco lo será todo lo que venga.

Y hay otra razón, quizás una de las más profundas, por la que considero un privilegio envejecer: no todos han tenido la oportunidad de hacerlo. En el camino hemos despedido a familiares, amigos y personas queridas que partieron demasiado pronto. Algunos ni siquiera llegaron a conocer las primeras canas, a ver crecer a sus hijos o a disfrutar de esos pequeños placeres que los años nos van enseñando a valorar.

Pensar en ellos me recuerda que cumplir años no debería ser motivo de tristeza, sino de gratitud. Cada cumpleaños representa una oportunidad que la vida todavía nos concede. Por eso, lejos de lamentar los años que sumo, prefiero celebrarlos también por aquellos que ya no pueden hacerlo.

Por eso, vivir en el ahora es mi verdad.

No sé cuántos años me quedan ni cuántos de mis proyectos llegaré a realizar. Me faltarán libros por leer, historias por escribir, lugares por conocer y abrazos por dar. Y seguramente seguiré haciendo listas de tareas que el tiempo no me alcanzará para cumplir.

A mí el tiempo me va a quedar corto. Ya lo vislumbro. Por eso me apuro en hacer, en aprender y en disfrutar de cuanto la vida todavía tenga reservado para mí.

Al final, sigo pensando que aquel encuentro improbable que hizo posible mi nacimiento fue un milagro. Haber llegado hasta aquí, con mis experiencias, mis afectos, y mis ganas intactas de seguir soñando, es un privilegio que no quiero desperdiciar.

No quiero sentarme a esperar el final. Prefiero que me sorprenda ocupada en vivir.

Por: Cristina Hormilla
10/17/2026

8 thoughts on “El privilegio de envejecer”

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  1. Otra de las hermosas reflexiones.mi Cristy.

    Cuanta razon mi hermana querida, describir tu presencia no solo como un regalo de Dios , tambien lo describiria una bendicion del Altisimo.

    Siii , tu alegria que contagia y tus reflexiones en las que encuentras palabras perfectas para cada momento, nos convierte en bendecidos por tenerte.

    Envejecer es bendicion, es juventud acumulada, donde cada minuto cuenta, y nunca es tarde para decir un TE QUIERO.

    Me uno a ti en las Felicitaciones a Eugenio por su Gran sueño hecho realidad.y por El Libro de Liliana Angulo, reflejo vivo de que nunca es tarde.

    Se que podras escribir tu libro y contar con la Gran Bendicion de Leerte.

    Esperamos por mas …..

    Te quiero

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    1. Mayte querida somos del equipo de las soñadoras y amantes de la vida. Tú para mi eres ejemplo de entusiasmo y ganas de vivir intensamente, entre tantas cosas. Tu compañía me hace tanto bien. Empezar el día camino al trabajo y recibir tu video nota con una sonrisa y bendiciendo nuestro dia. La verdad que soy privilegiada de tenerlas a ti y a Estri de la mano y disfrutando esta etapa en que tanto necesitamos los abrazos. Gracias mi hermana del alma por tu cariño sincero.

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    1. MI niño hermoso que ya creció y sigo recordando con cara de chico ávido de aprendizajes e ímpetu. Sé que vives feliz en la madre patria y que continuas cultivando tu intelecto. Bravo por ti. Te faltan mitades en tu felicidad, tu madre, tu hermano, tu padre. Yo estoy igual pero quiero mantenerme activa para poder algón día verlos y abrazarlos bajo el mismo techo. Gracias por leerme y por quererme. Un abrazo y muchos éxitos en todos tus propósitos.

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      1. Así es, mi querida Cristy. Gracias por tus lindas palabras llenas de razón. En la Madre Patria feliz, pero esa felicidad aún no es completa y ambos sabemos lo que se siente. Ojalá llegue pronto el día en que todo no sea más que una anécdota. Un beso enorme y abrazo aún más grande. ♥️

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      2. Sigo soñando con ese día. Mientras tanto ayudando y tratando de acortar la distancia reinventando mil maneras para ver si los abrazos y besos virtuales nos dan la fuerza para ver sonreír y vivir a los de la otra orilla, que con valentía han cargado con un peso enorme en el alma y en el cuerpo. Un abrazo otra vez más.

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  2. Mi querida Lily Gracias por esas palabras tan hermosas, pero por sobre todas las cosas te distingo como una persona que es toda bondad para sus amigos. Me han aceptado de una manera tan especial en ese selecto grupo de “Odessianos” que sin dudas muy pronto plasmaré lo que siento disfrutando con su compañía en un texto. Tienes la alegría de vivir y esa la contagias a todos con la excelencia de hacernos sentir cuando nos reunimos en tu casa, con la confianza como si se tratara de la propia. Un gran abrazo amiga de todos los momentos.

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