Quiero contarles algunas de mis vivencias en mi labor como cooperante internacionalista de la Brigada Médica Cubana en Guinea Bissau, donde trabajé siendo muy joven, como profesora de la Facultad de Medicina.
Regresando después del trabajo al edificio donde vivíamos – un día habitual, de mucho calor, sol intenso, la piel ardiendo, cansada y con deseos de darme rápido una ducha y descansar- aproveché para comprar dos barras de pan casi en la entrada. La vendedora ambulante, una niña de apenas 10 años, delgada, con pies descalzos, ropas típicas llenas de colorido, tan pronto me dio los panes, me miró y con sus ojitos tristes y una leve sonrisa me pide por favor que le regale un pedacito de pan. En su lengua nativa, “el creole- alegó: “Ten fome”, que quiere decir “Tengo hambre”. Me quedé anonadada. Por supuesto, compartí mi pan con ella, y le pregunté que por qué si tenía hambre no comía un pan de los que ofertaba. “No puedo, debo llegar a casa con todo el dinero de la venta”. Salía ella desde muy temprano, diariamente, a trabajar y caminar en busca de sus clientes.
Unos torbellinos de emociones me apretaron el pecho. Me despedí deseándole que terminara pronto y regresara a casa. Todavía no estaba preparada para este tipo de sucesos.
Disfrutaba de mi baño, ansiosa por terminar rápido para merendar, cuando tocaron a mi puerta y escuché a mi compañera de cuarto, mi amiga Martha, gritándome “Cristy, ¿qué hiciste? Sal rápido y asómate a la ventana”. No entendía de qué iba el tema, me apuré todo lo que pude. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi, justo frente a mi ventana, que se habían aglomerado alrededor de 15 niños con caritas hambrientas que al ver a mi vendedora comiendo pan, entendieron que una señora en ese lugar podría regalarles qué comer. Yo ignoraba algo que, con el tiempo, habían aprendido mis colegas. Por mucho que te partiera el corazón, al menos cerca de casa, no era factible realizar esas bondades porque ocurrían situaciones como esas y no teníamos cómo resolver el hambre de tantos niños, aunque fuera ese nuestro mayor anhelo. Allí se siguieron sumando rostros hambrientos hasta entrada la noche. Como imaginarán, ese día ni pude merendar ni tampoco compartir el pan que con gusto les ofrecería porque no alcanzaría para todos y el precedente podía perturbar la seguridad de mis compañeros

Yo creí que nunca podría adaptarme a esas situaciones. No fue así, poco a poco tuve que buscar mecanismos para resistir ese período tan duro y, sin dejar de sentirme tocada en lo más hondo por tamañas injusticias, afrontar las realidades, y seguir. Vivimos en un mundo lindo y a la vez cruel. La ambición de los seres humanos, la persecución de riquezas ajenas, el racismo, los sistemas sociales despóticos, me hacen pensar que a veces estamos perdiendo la esencia del ser humano, un animal superior, con capacidades ilimitadas para desarrollar avances científicos y ponerlos en función de todos. Las conductas son las que fallan, la falta de amor entre los hombres nos está jugando muy malas pasadas, de consecuencias impredecibles. A veces pierdo las esperanzas de los cambios en cuanto a esos temas. Individualmente no podemos hacer mucho, es algo que depende de personas que tienen poder de decisión en el ámbito de las sociedades y hacen mucho daño si están permeados de egoísmos e intereses mezquinos. Los niños son niños en cualquier lugar del mundo, con piel blanca o negra, qué más da, deben tener lo mínimo al menos garantizado: la alimentación, los estudios. Al final dependerá de ellos convertirse en personas de bien, pero deben tener la opción y el apoyo, porque son frágiles, apenas empiezan a descubrir el mundo.
Muchas anécdotas de esa etapa de mi juventud me movieron el corazón y contribuyeron a cambiar mi percepción de la vida desde muy joven.
Por: Cristina Hormilla

Me imagino que fue una gran experiencia y es por eso que tienes ese humanismo. Te admiro mucho amiga. Sigue escribiendo, disfrutamos mucho tu cronicas y vivencias. un beso
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Si amiga he visto muchas bellezas pero también mucha pobreza. Las dos me han hecho pensar en que a veces hay quienes tienen una vida tan difícil comparado con otros. Que injusticia hay regada por el mundo.
El vie., 25 de sep. de 2020 11:33, Crónicas de Cristy escribió:
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La realidad que tantas personas niegan, y que quienes la han vivido no la pueden olvidar nunca. Sobre todo sin son personas como usted, que no se inventan estigmas para justificar lo que jamás debería tener justificación. Todos deberíamos poder comer. Tan sencillo que parece.
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Gracias por su lectura. Es la triste realidad en la que viven muchos niños en el mundo. Lo más desalentador, no hay esperanzas de cambio.
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