Palabras hirientes que no salen del corazón, en muchas ocasiones de un contratiempo momentáneo, nos hacen protagonistas de una discusión que puede acarrear consecuencias inimaginables. Así actuamos en nuestro entorno a veces. Pasa un breve tiempo, y, ya estamos arrepentidos, utilizamos expresiones feas, sin reflejo real de lo que sentimos verdaderamente. Lo más triste, iban en la mayoría de las ocasiones dirigidas a seres queridos.
Entonces, la alerta ¡Controlemos, siempre que sea posible, nuestros impulsos negativos!
Nos evita el tener que pedir disculpas con frecuencia, acostarnos y repensar la acción con arrepentimiento. La espera de si nos aceptan la disculpa, a esos que ofendimos, se convierte en un torbellino de emociones y vergüenzas. Palabras mal empleadas en un instante, echan por la borda, vínculos de amor inapreciables. ¡No dejemos que nos gane la soberbia! Las discusiones acaloradas, subidas de tono, en su generalidad, dejan escapar la razón, se regodean de influencias nada positivas, rencores, argumentos mal formulados, un total fracaso.
Si somos partícipes de hechos consumados e inevitables de este tipo, vemos como el enfado y la explosión interna de alguna persona brota, es mejor ceder en el acto. Luego, cuando se enfríe el volcán en erupción, tratemos de buscar el diálogo pacífico, si es posible, fuera del medio que lo originó. No es una actitud cobarde, todo lo contrario, inteligencia pura, replicar a los insultos lo veo como una batalla perdida. El silencio, frases pronunciadas en tono bajo, logran efectos superiores. La ira es peligrosa. Si el individuo no posee control de sus límites, el final se puede tornar violento.
Estamos confinados, llenos de limitaciones materiales y espirituales, muchos conviviendo varias generaciones en una misma vivienda. Ya se palpan separaciones de parejas, distanciamiento en los hogares entre familias que tenían relaciones afectivas normales. No nos regalemos una más entre tantas penurias. La violencia de género aumenta. Poner el freno depende de los más ecuánimes y sensatos. De otro modo, ¡qué triste final nos espera!, pérdidas familiares físicas y emocionales.
Es cierto que las realidades son diferentes, depende del país en que vivamos, la idiosincrasia, los valores inculcados, pero somos seres humanos. La capacidad de pensar nos está permitido a todos. Es ahora más que nunca necesario el respeto a los espacios individuales, la cooperación en las tareas domésticas. Sobrecargar más a unos que a otros, puede conllevar al agotamiento físico y mental de alguien, lo puede hacer perder la paciencia, alterar su sistema nervioso, y como decimos “explotar”, generar un conflicto totalmente evitable. Ahí viene lo oscuro, aparecen los gritos, y la llama que encienda una discusión errada. Llamémonos a convivir en paz y llegar al final con mentes equilibradas.
Con amor superaremos las más difíciles tormentas.
Por: Cristina Hormilla Castro
Septiembre 2020

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