Hace unos meses estamos amenazados y sufriendo los efectos de un virus biológico llamado “coronavirus”, que nos tiene alarmados, y con sobradas razones. Es altamente peligroso y puede llevarnos a la muerte. Sin embargo, desde mucho tiempo atrás, la sociedad cubana viene enfermando por otros virus igualmente dañinos en el ámbito social que, aunque no conduzcan a la muerte biológica, sí empañan la belleza y la naturaleza que históricamente han caracterizado a las mujeres y los hombres de mi Cuba. A esos quiero referirme.
Empecemos analizando la pérdida de algunos valores importantes en la vida de muchas personas. Hablo de la chabacanería, la vulgaridad y el uso constante de palabras obscenas, que aparecen como sello distintivo en jóvenes, en otros no tan jóvenes y hasta en niños. Las llamadas “malas palabras” afloran en el lenguaje común como si de flores se tratara. Me apena ver, incluso en publicaciones hechas en redes sociales por personas instruidas y cultas, el uso de frases groseras como una manera de reafirmar una idea, creyendo que así se le da más valor a lo planteado.
¿Qué está ocurriendo entonces? ¿Cómo hemos permitido el deterioro del lenguaje y la buena educación? Tantas escuelas, maestros y planes educativos parecen incapaces de poner freno a estás pésimas normas de conducta.
No confundamos nuestra idiosincrasia caribeña, caracterizada por la alegría y el carácter afable y bromista, con la vulgaridad y el abandono de elementales principios de convivecia y respeto. La gritería se torna un hábitoen cualquier espacio: de balcón a balcón, de esquina a esquina. No se respetan los lugares comunes. Los ómnibus se convierten por momentos en sitios de escándalo, propiciados por ciudadanos que, sin el mínimo respeto hacia los demás, conectan bocinas a todo volumen y obligan a los pasajeros a escuchar su música, aunque no sea de su preferencia. Hasta bailes de grupos, acompañados a veces de bebidas alcohólicas, he presenciado en los pasillos de las guaguas.
Lo más terrible es que muchas de estas conductas están reguladas y, sin embargo, las normas no se cumplen. A pesar del desencanto y la indignación ante estos sucesos, callamos y “aguantamos” porque tememos que la situación se revierta contra nosotros y terminemos siendo agredidos. Es necesario buscar las raíces de esa tolerancia que hemos desarrollado ante comportamientos que antes nos habrían resultado inadmisibles.
Les cuento que, cuando mi hija menor estudiaba en la secundaria básica, su horario de receso era amenizado con enormes bafles que reproducían canciones de reguetón, algunas de las peores, con textos agresivos, y palabras inapropiadas. Me resultaba inaudito que, en una escuela donde se supone que los estudiantes están en plena etapa de formación y consolidación de valores, fueran los propios profesores quienes propiciaran ese tipo de música.
Respeto a quien disfrute del reguetón; es una cuestión de gusto personal. Pero no puedo ignorar que muchas de sus letras reproducen expresiones vulgares, mensajes agresivos e incluso faltas de respeto hacia las mujeres. He observado hasta videos de escuelas primarias donde se aplaude a niños que bailan al compás de estos ritmos con una sensualidad que considero inapropiada para sus edades.
Hay otras enfermedades que dañan profundamente la convivencia entre los seres humanos. ¿Qué pasa con nuestra solidaridad? Se aprecian actitudes egoístas y faltas de sensibilidad. Embarazadas, ancianos y personas con discapacidad, que tanto apoyo pueden necesitar, deben reclamar en ocasiones para que alguien les ofrezca un asiento en los ómnibus.
No me parece que estas maneras de actuar estén asociadas necesariamente a la escasez de recursos. Nací en el seno de una familia de muy bajos ingresos,. Tuvimos momentos en los que llegamos a compartir un huevo entre mi hermana, mi madre y yo. Eran tiempos difíciles y, a pesar de las necesidades imperantes, nunca vi tantas faltas de respeto en mi entorno.
Tener más o menos bienes no equivalía a diferencias en las maneras de educar. Los niños debíamos ser obedientes y respetar a las personas mayores como una regla casi inviolable. Tampoco participábamos abiertamente en las conversaciones de los adultos sin previa autorización. Las “malas palabras” eran reprimidas y podían llevar castigo. A las escuelas entrábamos con respeto y disciplina.
Las quejas contra un maestro jamás se ventilaban frente al alumno. Los padres procuraban no desautorizar a los profesores delante de sus hijos, aunque después plantearan sus preocupaciones en conversaciones privadas. Los maestros, a su vez, debían ser ejemplo de conducta: llegaban puntualmente a clases, se presentaban adecuadamente y nos enseñaban no solo las materias, sino también valores y normas de educación formal.
Otros síntomas negativos se observan. Los que nacimos bajo el mismo cielo y sobre la tierra de esta isla últimamente parecemos olvidar lo que nos une y vemos enemigos por doquier entre nosotros. ¿Acaso no es lamentable cuando los hermanos de una familia se disgustan y se agreden? Deberíamos sentir algo parecido cuando ocurre entre cubanos. Dondequiera que vivamos, nos debemos respeto.
¡Qué importa el lugar del planeta en que se encuentre cada uno ahora mismo! Con todo derecho, algunos parten en busca de otras opciones de vida; es parte de su libertad individual. ¿Qué puede cambiar eso en los sentimientos que los unen de por vida a sus raíces?
Hago un llamado a que, con o sin coronavirus, las ciencias sociales profundicen en las maneras de evitar el contagio de estas tendencias negativas que afectan a mi pueblo. Es triste ver deteriorarse valores que durante mucho tiempo nos hicieron brillar y constituyeron motivos de orgullo para los cubanos.
¡No aniquilemos ese tesoro tan preciado! ¿Podremos encontrar alguna vacuna para estos padecimientos sociales? ¿Estaremos todavía a tiempo?
Creo que sí. Hay una vacuna contra este maligno virus porque contamos con importantes agentes inmunizantes: la familia, las instituciones docentes, los medios de comunicación y las comunidades pueden desempeñar un papel decisivo.
Hagamos campañas en defensa del buen decir, del idioma, del respeto y de la buena educación. Devolvamos autoridad a los maestros. Las familias y las escuelas deben unirse y juntar fuerzas para alcanzar un objetivo común: contribuir a que nuestros hijos se convertirán en mejores ciudadanos y, sobre todo, en mejores personas.
Por ahora, pesquisémonos todos de manera individual. Miremos también hacia nosotros mismos y preguntémonos cuánto podemos hacer desde nuestra conducta cotidiana.
Contribuyamos a vivir en un país hermoso no solo por sus encantos naturales, sino también por la educación, la solidaridad y la elegancia de sus habitantes.
Por: Cristina Hormilla Castro
13/10/2020

Me encanta tu elocuencia al describir el deterioro de los valores en nuestra sociedad, lo increíble es ver como solo un paso fuera del país todos los recuperan, creo que hay que aplicar más las leyes para que recuperemos la buena conducta y las normas de educación. Esperemos vivamos tanto tiempo que podamos llegar a verlos nuevamente en los adultos jóvenes y niños.
LikeLiked by 1 person
Así mismo resulta mi querida amiga, urge que las autoridades competentes hagan algo al respecto, pues el deterioro de los valores es evidente y doloroso en nuestra sociedad. Las leyes se dictan y no se cumplen. Ojalá el daño sea reversible y logremos sentir orgullo por tener normas adecuadas de conducta como en tiempos anteriores. Temo que sea tarde ya.
LikeLike