
La mayoría de las madres de mi generación que vivimos en este país tenemos un factor común. Algunos de nuestras hijas e hijos han emigrado en busca de otras opciones de vida. En el momento inicial de su decisión, comprendimos que habían crecido lo suficiente para ser responsables de la elección de su destino y, como muestra de respeto y confianza, los abrazamos y dimos el beso de despedida con sensaciones encontradas de tristeza y alegría.
En los primeros tiempos, el descubrimiento por ambas partes de diferentes maneras de vivir nos llevó a la aceptación de esa realidad. Escuchamos sus narraciones de cómo iban encauzando su vida y se convertía la nuestra por acá en una espera constante de la llamada que nos alimentara a través del oído, la imagen de lo que iban viviendo.
El tan esperado acceso a internet nos regaló además de un sonido, un rostro. No siempre la podemos disfrutar tan como quisiéramos, las video llamadas se reservan principalmente para los afortunados que pueden contar con el servicio de Nauta Hogar. Los que, como yo, nos comunicamos por un paquete de datos y, sólo por escasos minutos como un regalo de una vez al mes, nos atrevemos a apretar la camarita para regalarnos una visión completa de la escena. Pero sin dudas es un avance grande comparado con aquellos tiempos en que muchas de nosotras, después de un acuerdo anticipado, esperábamos una simple llamada que en su generalidad poníamos en alta voz para que toda la familia pudiese disfrutarla.
Ya no, ahora nos suena el móvil hasta para preguntarnos detalles como –Mamá, estoy en esta tienda y quiero llevarte unos zapatos, ¿dime de los que te enseñé cuál preferirías? No nos movemos ni a bañarnos sin que nos acompañe el bendito teléfono celular, ese cómplice y guardián constante de nuestras conversaciones.
Pero quiero reflexionar en algo que perdimos tan maravilloso que nada lo suple. Me refiero a la posibilidad del abrazo, el beso cuando más lo necesitamos, el mirarlos directo a los ojos al menos una vez por semana y descubrir si esa alma está tranquila o revuelta. En eso las madres somos doctoras. Leo escritos frecuente donde alguien, de manera muy cierta, expone las desventajas y los sufrires de los que emigran. Totalmente de acuerdo. Emigrar es duro, ah, pero para las madres, los padres, la familia que se queda acá, también es un desgarre del alma esa partida. Nos acostumbramos, como a todo en la vida.
Y cuando llega la hora de los nietos que nacen allá, ¡qué mezcla de emociones! Aún con la certeza de lo bien atendidas que están las hijas y nueras, nos mandan foto de cada detalle, el corazón late tan fuerte que sentimos estallar. Ahí empieza esta nostalgia por disfrutar ese fruto que sentimos tan nuestro y, sin embargo, no podemos apachurrarlo como soñamos. Mostramos a todo el que venga al encuentro las fotos que recibimos a diario y quedan ellas como consuelo. Nos perdemos el ver en vivo y en directo el primer dientecito, el momento de que se levanta y comienza a caminar, acompañarlos en su primer día de clases. Tantas ilusiones se quedan en el pensamiento.
Por eso, a las abuelas que tienen el privilegio de tener en su regazo o bien cerquita sus nietos y nietas, no pierdan oportunidades, no es derecho para todas, son elegidas.
Una de las tantas cosas de las que mi madre puede sentir orgullo y felicidad es la posibilidad que tuvo de disfrutar a sus tres nietas, participar e influir en su educación, contarle historias, abrazarlas en los momentos más decisivos de un ser humano, en sus primeros andares.
Este mundo dinámico y cada vez más incierto nos impone buscar nuevos modos de comunicación con los seres queridos que están lejos. Hay que mantener los vínculos de todo tipo. Las madres estemos prestas a usar nuestro don congénito y descubrir, aunque sea en el tono de voz, si esa hija está necesitando un consejo, no para seguirlo, sino para que lo analice por si le ayuda en su situación actual. También me parece que nuestros hijos que no están aquí en el día a día nuestro vivirán más en paz si nos sienten serenos, tranquilos y encaminados, buscando siempre la mejor manera de vivir más felices aún sin su compañía.
Buscar recursos que compensen ese alejamiento de seres amados, se nos impone como necesidad básica de supervivencia del alma.
Por: Cristina Hormilla Castro
27/08/2020
Llegue este texto también a todos los padres, familiares que tienen alguien cercano y querido fuera de su entorno.

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