Mi abuela Nina

Ya no está, se fue a otra dimensión mi querida abuela Nina. Le debo a ella pasados tantos años una reflexión sobre cómo la vi y cómo la veo ahora.

Mi Ninita amada, sentí desde niña que era de tus nietas elegidas para tus consentimientos, las personas dicen que nos parecemos mucho tanto físicamente como en muchas maneras de actuar. Te recuerdo pendiente a que todo el que llegara a tu casa tuviera un plato de comida y disfrutabas tanto esos momentos. Así soy yo.

Mi abuela era analfabeta, no sabía leer ni escribir una palabra, pero tenía una luz natural que la ayudaba a orientarse en cada una de sus caminatas. Nunca creyó en Dios, fue atea toda su vida. Presumida, labios rojos, uñas pintadas de rojo chillón, esos eran los colores preferidos.

Todas las tardes en mi tierra amada Holguín casi siempre a la misma hora, 6 pm ella se paraba en su puerta y buscaba un rumbo diferente, visitaba a toda la familia, a sus nueras, ex nueras, primos, hermanos, en fin, jamás pretendieras encontrarla hasta más o menos las 9 que regresaba plena con su visita del día. Y no se limitaban a la provincia, las carreteras son testigos de sus andares a La Habana. Aquí en la capital también tenía familia y nunca se quedaron sin el placer de su presencia.

Y es en estos viajes en los que me quiero detener. Ella regresaba a su casa feliz, cargada de golosinas que compraba presta a repartir entre los suyos. Pero en ese tiempo nunca entendí el porqué de sus preferencias marcadas en que la mayor parte tenían definido un destino, su nieta Lizandra, la menor en ese momento. A los otros nietos nos comenzaron a chocar esos privilegios.

Ay abuela querida, que razón tan inmensa tenías en nuestra pensada injusticia, algo te adelantaba el futuro, de qué manera te las ingeniaste para percibir que la más necesitada de golosinas, amor, ropas lindas, abrazos, era nuestra Lizandra.

Pasados los años esta nieta al crecer enfermó de su mente. Hoy está recluida en un Hospital Psiquiátrico, donde ya no tiene golosinas y nada puede disfrutar por su incapacidad para ello. Es que creo que mi abuela era maga, adivinadora.

Casada con un hombre al que sirvió hasta el último momento de su lucidez, no disfrutó del amor tal como lo concibo, de ese que calma y sosiega. Hijos enfermos de alcoholismo, pérdida de sus hermanas amadas muy joven, nunca le faltó la sonrisa mientras pudo, ya al final la cambió por una mirada de esperanza.

Te imagino descansando, pero inquieta todavía. Nunca he visitado tu tumba, no necesito esa fría imagen. Cuando partiste se avecinaba mi cumpleaños y, creo que fuiste tú en alguno de tus misteriosos presagios la que escogiste ese momento para irte y regalarme aún con el dolor, pero con la tranquilidad del amor que te dimos estar acompañada ese día de todos mis seres queridos que vinieron desde cualquier lugar a ofrecerte el último adiós.

Descansa en paz abuela querida, aquí estamos nosotros para completar tu obra.

Por: Cristina Hormilla Castro

18/08/202012:02 pm

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