Abuelas postizas

Me convierto en tres voces. Hablo por mi hija Helen, por mi madre y por mí. Cuando ella era pequeña pudo contar con un amor más que sincero. Una abuelita que no la encontraremos en el árbol genealógico de mi familia, pero desde que conoció a esta niña gordita y sonriente la abrazó con la más bella de las ternuras.


Como raíz vigorosa de una linda familia, esta señora elegante, de cabellos grises, voz dulce y melodiosa, acogió a mi pequeña como nieta. Sentí alivio de madre joven, principiante y con muchas ganas de aportar a la sociedad mis conocimientos, pero cargada de responsabilidades, cuando esta bella mujer nos liberaba de la carrera diaria de recoger a mi niña en el Círculo Infantil a las 4 y treinta.

Sin previos acuerdos la abuela Rosita integró a sus tareas, una más, por amor. Disfrutaba del placer de caminar junto a Helen, recoger florecitas en el sendero. Desde muy temprano comenzaba a preparar la merienda para su retorno a casa. Al final este texto es también para agradecer a otras abuelas, tías, primos no de sangre, sí del amor que se sumaron y contribuyeron a que mi hija creciera sana, protegida en todo momento. Esto pudiera parecer desapercibido en la formación de un ser humano, pero somos la suma de acciones para con nosotros desde los primeros años. Cuando el amor se te impregna tal como una crema en la piel, seguro tu corazón empieza a oler a rosas y destilas amor por cada poro.


Mis vecinos holguineros, familia del alma, reservaban para Helen el arroz con pollo, los platanitos maduros fritos, que tanto le gustaban. Otras abuelas postizas, Amadita y Mayita la consintieron y se ponían alegres cuando Helen se paraba en la puerta de su casa y corría directo a la lata de galletas que cotidianamente le ofrecían y ella conocía bien el camino.
Como frecuentemente ocurrió la niña no quería comer, ya salían en su defensa esas abuelas y con la experiencia acumulada en esos menesteres, si la tenían que sentar en un lavadero con agua para que jugara, hacerle cuentos, por tal de que se alimentase, lo hacían.


Las tardes y las noches de esa etapa son testigos de los vecinos que se sentaban en sus entradas, a veces sacábamos sillones a la acera y hacíamos cuentos, reíamos, compartíamos experiencias y, en el centro Helen pasando de mano en mano, decíamos que estaba enamorada de Vikito el nieto menor de abuela Rosita que ya era un incipiente adolescente y también la quería mucho. Ella no resistía que las noviecitas le quitaran ni un ápice de su atención. Ahí creo que ya empezó a descubrir mi pequeña ese sentimiento de los celos.


A mí me da por pensar que Helen es tan de pueblo, comprometida con los que ama que en algo debe haber influido que desde su llegada a este mundo perteneció a varias personas. Fue acurrucada y protegida primero en Kazán, república de la antigua URSS, donde nació. Mis entrañables y eternas amigas me acompañaron en esta aventura de tener un bebé con nulos conocimientos del tema. Esperancita, Rosy, Elvira, Lourdes, Marcela, Pantoja, y otras más, gracias por su apoyo. Después llegaron los vecinos, amigos y por supuesto mi madre y Nepa como abanderados de su formación que merecen textos independientes que escribiré.


No sé hasta qué punto Helen recuerda estas historias, era pequeña. Yo me encargo de contársela y mostrarle sus orígenes, el agradecimiento que albergo en mi interior a muchos seres que se fueron sumando y contribuyeron en su crianza y educación. Muchos paseos, cuentos, risas a carcajadas, manos puestas constantemente en su frente midiendo la temperatura de su cuerpo que nos avisara que la fiebre iba cediendo cuando se enfermaba. Debo eterna gratitud a esa señora de piel blanca y mejillas rosadas que ya no está entre nosotros. Si fuera posible transportar el dolor de un ser humano a otro, seguro nunca escucharíamos tus quejidos cuando esa cruel enfermedad te hizo sufrir. Alrededor de tu cama estábamos todos los que te queríamos proteger como mismo hiciste antes, acariciamos tu mano, te besamos y te dimos el último adiós. Te portaste como una valiente, lo que siempre fuiste. Las enseñanzas que sembraste en tus hijos y nietos, los de sangre y los otros que adoptaste en el camino, son armas poderosas en sus caminos. Esa es tu mejor recompensa. Te amaremos eternamente.


Yo también tuve mis hadas: Paca Corpa, Elisa, Elvia, Angelita, Toña. Gracias madre por contarme más historias de las que recordaba.

25/08/2020

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