Éramos apenas unos niños. Con 11 y 12 años culminamos la enseñanza primaria, nos vestimos con uniformes azules, monogramas rojos en las mangas, y salimos de casa rumbo a la Escuela Vocacional “José Martí” de la ciudad de Holguín, desde varios municipios de la antigua provincia Oriental. Comenzaba para nosotros una etapa diferente, desconocida y llena de sueños, nos convertíamos en los primeros estudiantes de séptimo grado de este plantel aún en construcción. Ocupamos sólo algunos edificios de los muchos que luego compondrían la totalidad del centro. Los alumnos de octavo y noveno grado, temporalmente estudiaban en otras becas esperando este día. Fueron ellos los que nos ofrecieron a los más pequeños, la más cálida de las bienvenidas.

La emoción nos embargaba, mezcla de sensaciones, alejarnos por primera vez de nuestra familia, cumplir el anhelado propósito para el que nos habíamos esforzado en las aulas, conocer nuevos amigos, empezar a compartir y aprender a ser solidarios con los compañeros, un caudal de experiencias nuevas por vivir. Me imagino cuánta ansiedad y temores sentirían los padres en el momento de la partida de sus chicos amados, a los que la época les impuso como modalidad para la continuación de estudios, incorporarse a tan temprana edad a las becas, sin su supervisión directa.
Vivíamos en albergues divididos en tres cubículos de aproximadamente 10 literas cada uno. Cada mañana, justo a las 6, los audios instalados nos daban la voz ¡de pie! regalándonos canciones de la década prodigiosa que eran las de moda en aquel entonces. De inmediato todos nos parábamos al lado de nuestras camas listos para realizar la gimnasia matutina guiada por alguna monitora designada.

Los propios alumnos nos encargábamos de la limpieza de los dormitorios, las aulas, las áreas verdes. Asistíamos tres veces por semana a un huerto escolar cercano a recoger tomates, frutas o lo que se necesitara. El aporte no era relevante quizás, pero ahí aprendimos a ser disciplinados, a esforzarnos por cumplir las metas, a valorar el esfuerzo que implica el trabajo en la tierra. Bajo el sol abrasador que cubríamos con sombreros y camisas de mangas largas comenzaron a formarse rasgos positivos de nuestra personalidad.

En la noche, después del horario de comida, libros en mano, de vuelta a las aulas para realizar el estudio individual. Vigilados y regañados muchas veces por la algarabía que reinaba en los locales, los profes de guardia nos exigían mantener el orden. Era requisito indispensable cumplir con normas de conducta de acorde al reglamento escolar, si incurríamos en indisciplinas, recibiríamos reprimendas, privarnos de los pases correspondientes que tanto anhelábamos el fin de semana o señalamientos en el expediente estudiantil eran algunas de ellas.
¡Tantos recuerdos de esta etapa me acompañan! La verdad, confieso que corroborando las vivencias años más tarde con mis colegas, creo que podía haber disfrutado un poco más. Fui de las alumnas llamadas “puntualitas” esas que cumplían al pie de la letra todo lo que ordenaban. Confieso que no supe lo que era darse una fugadita al Valle de Mayabe, esas “indisciplinas” motivadoras no las puedo contar.
Los que no tuviésemos programados viajes a la casa, recibíamos visitas de la familia los domingos que eran una auténtica fiesta. Los padres llegaban con jabas de comidas y golosinas que compartíamos entre todos.
El claustro de profesores en su mayoría era de excelencia. Rigurosos y exigentes, nos inculcaron el amor al estudio. Recuerdo que también formaban parte jóvenes que pertenecían al destacamento pedagógico “Manuel Ascunce Domenech”, aún no graduados, se esforzaban y nos ofrecían muy buenas clases.

Combinábamos la docencia con la educación artística y el deporte. Escogíamos la manifestación de preferencia. Allí disfruté mi pasión por las artes escénicas, la profesora Edith nos encaminó en el descubrimiento y el amor a la actuación. Declamadores, obras de teatro, solistas, grupos musicales de nuestra escuela obtenían premios en los festivales que se organizaban a diferentes niveles. Destaco por sus aplaudidas actuaciones a las chicas del octeto, cantantes como Camilo de la Peña, Raquel Sosaya, Katia Alí, nuestro presentador Joaquín Mulén. Muchos de ellos aún continúan deleitándonos con sus talentos.
Integré el grupo de monitoras del “Comedor Escuela”. Por la amplitud y la gran matrícula del centro había muchas unidades docentes, y varios comedores, pero uno se distinguía entre todos. Parecía un restaurant, mesas con manteles lindos, varios tipos de cubiertos, menús variados y deliciosos eran la oferta diaria. Los grupos de estudiantes se rotaban cada día y por supuesto que todos esperaban con ansiedad el día de la cita. Allí aprendíamos las normas correctas de comportamiento en la mesa y a utilizar adecuadamente los tipos de cubierto dependiendo del menú.

Los miércoles era el añorado día de la recreación. Nos permitían esa noche no vestir el uniforme y todas las chicas empezábamos desde temprano a preparar la mejor ropa para lucir a los chicos, mientras bailábamos disfrutando de algún grupo musical que nos visitaba, en ocasiones los mismos artistas de nuestra escuela organizaban el espectáculo. En los bancos de los pasillos y las áreas centrales los jóvenes enamorados se deleitaban tocándose las manos e intentando buscar el momento adecuado para robar besos a sus pretendientes. A pocos kilómetros de distancia se encontraba la escuela militar Camilo Cienfuegos, estudiantes en su mayoría varones, se las ingeniaban en participar junto a nosotros en las actividades festivas, mezcla de uniformes verdes y azules. Novias Vocacionaleras y novios Camilitos. Una unión frecuente de esos tiempos.

El amor que nos unió a todos los que en esta escuela nos formamos trasciende a la etapa actual. Pasados tantos años los que allí nos educamos formamos una gran familia. Recuerdo como uno de los momentos más bellos de mi vida el 9 de abril del año 2004. Organizamos el primer encuentro de estudiantes de la escuela, 29 años muchos sin vernos. Para allá fuimos algunos desde otras provincias. La emoción del reencuentro es indescriptible, primero nos abrazábamos, luego averiguábamos los rostros y nombres. Tuve la sensación de que el tiempo no había pasado en la memoria. Caminamos por los pasillos, las aulas. Eufóricos de pasión no nos separamos hasta el anochecer. El parque Calixto García una vez más nos acogía en la noche testigo de las historias personales que anhelábamos contarnos sin descanso. Bailamos, brindamos y como un pacto decidimos seguir compartiendo a partir de aquel instante nuestras vidas. Hoy 16 años después nos unimos en grupos de wasap, Facebook, y hasta las buenas noches para descansar nos regalamos.

Ahora sin monogramas prendidos en las mangas seguimos siendo “Vocacionaleros”. Este término perdura porque a pesar del tiempo todavía respiramos unión, lealtad, amor, apoyo. Inventamos maneras diferentes de estar, una fiesta, un concierto, una llamada, un chat, y lo logramos. Somos un grupo grande de mosqueteros “Todos para uno y uno para todos”. Así vamos acompañándonos por la vida sin distinción de acciones y brindándonos apoyo cuando se precise. Con orgullo disfruto al escuchar nombre destacados en mi país de científicos como Mario Pablo Estrada, diplomáticos como Polanco, artistas como Osvaldo Doimeadiós, todos egresados de la escuela que me trae tantos recuerdos y me motiva a escribir este texto. Amigas y amigos alejados por la geografía, pero cercanos en el corazón nos tenemos. ¡Qué maravilloso regalo de la vida!

Por: Cristina Hormilla Castro.
02/10/2020

Gracias Cristina por tu delicadeza de compartir tu página.
He navegado al pasado, ese pasado precioso nos mostró que a la sincera amistad se le responde con lealtad, razón por la cual continuamos siéndolo hasta nuestros días, amén de la añoranza por el calor hogareño, disfrutamos años felices.
Gracias, por favor no pares de escribir estas cosas lindas, son relatos valiosos.
Te aprecia, Esther M. Fernández Cañizares
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Gracias por tu comentario. Te confieso que me quedé con muchas cosas por decir, son muchas las anécdotas y sucesos de esa etapa. Ahora me motivo a escribir historias de vida de nuestros compañeros. Quiero ponerme ya a recopilar información y poco a poco contar
de manera individual lo que nos aportó y el camino de cada uno. Un texto no basta para tanta historia. Un abrazo para tí.
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saludos, gracias Cristiana por compartir tus experiencias de nuestra escuela y amigos . Han pasado décadas y este ensayo te lo agradezco de corazón. Abrazos a todos . Los quiere Luis Navarro
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Gracias por tu comentario. Realmente fueron años que vivimos muy importantes que nos ayudó enormemente en nuestra formación.
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