Las culpas que cargo

Con la madurez que van dando los años vividos y en la tranquilidad del pensamiento sosegado, decido liberarme de ciertas culpas que he cargado a mis espaldas. Comienzo por la niñez, esa etapa en que somos totalmente permeables, esponjas influenciadas por decisiones de adultos, esos que ya forjaron sus ideas sobre muchos temas y transmiten a los más pequeños. Me declaro entonces inocente de aquellas consignas que repetí y a veces ni entendía, de la aversión que sentía cuando algunos de mis compañeros no creían como yo en la no existencia de un Dios y se veían mal vistos y separados del colectivo que los miraba raros y no confiados en sus valores.

Mis disculpas a mi querida amiga que desde los 5 años sufrió en mi aula la discriminación de sus amigos. Con tristeza recuerdo como por sus creencias religiosas no portaba al igual que nosotros la pañoleta de pioneros. ¡Cuánta injusticia en ese acto contra una niña que no sabía todavía nada del mundo!  Sólo respondía con lealtad y respeto a su familia que se mantuvo fiel a su fe y ejemplo de hermosos valores de educación y buena conducta.

Por tanto, ahora en mis revisiones internas de conciencia me pregunto – ¿Aquellos niños del aula éramos malos, discriminatorios? No, sólo teníamos otra doctrina inculcada, diferente y mayoritaria. Nacimos en una época en nuestro país donde tener un credo era mal visto. Recuerdo que una noche asistí con mi amiga a la Iglesia a una Misa del Gallo. Iba asustada, temerosa de que alguien me viera participando en tales actos. La curiosidad, la confianza que siempre recibí de mi madre con visión abierta a pesar de sus convicciones, me permitieron observar y vivir esa congregación de paz donde los fieles devotamente hacían honor a su Dios. Yo no sentí lo que a ellos los movía, hasta confieso que temí que el sueño me venciera, pero me alegro infinitamente de que aun con mi escasa edad, me decidiera a realizar este acto de amor con mi amiga con la que estaba en deuda espiritual y percibía no feliz al ser juzgada en el grupo.

Es sólo un ejemplo entre tantos que pudiera mencionar de acciones que hice a lo largo de mi vida de niña y de joven persuadida de que la única verdad era la que me enseñaban. No había cabida para otras tendencias y maneras de actuar. La razón siempre la teníamos de nuestra parte.

No recuerdo ningún tipo de discriminación racial entre mis compañeros de escuela. Un color de piel diferente jamás nos dividió. Me acompañaron desde los primeros años amigos de raza negra que contaban con los mismos derechos que cualquiera de nosotros y lazos de amor nos unieron en aquel entonces y perduran muchos hasta hoy. La ciudad de Holguín según comentarios escuchados es catalogada de “racista”, es verdad que su población mayoritariamente es de raza blanca, pero yo no sentí nunca ese tipo de problemas a mi alrededor, por lo menos en el entorno de las escuelas. Quizás ya a nivel de familias existieran, pero no las constaté. Insisto en que me baso solamente en mis vivencias personales.

Cuando a los 14 años, una adolescente en plena etapa de formación, me propusieron ingresar en las filas de la Unión de Jóvenes Comunistas, acepté con gran orgullo y cargada de amor por la causa. Provengo de una familia humilde que, con el triunfo de la Revolución en 1959, vio la posibilidad de construir una vida mejor y más digna. A diferencia de otros que con el suceso perdieron propiedades y privilegios, mis abuelos vivían una vida de pobreza en el campo, mi abuela era analfabeta y dedicaba su vida a criar los hijos sin la más mínima aspiración ni sueños posibles. Mi madre, una mujer muy inteligente y sin recursos familiares tampoco pudo avanzar mucho en sus estudios a pesar de contar con elevadas capacidades intelectuales para ello. Sus dos hijas aprovechamos las ventajas de la educación gratuita que se nos brindó y estudiamos con tesón hasta graduarnos en la universidad.

Con responsabilidad y entusiasmo asumí roles de dirigente estudiantil convencida de mis convicciones y de lo importante que resultaría esforzarnos y dar lo mejor de sí para garantizar un futuro mejor tanto personal como a nivel social.

Me fui a la URSS a estudiar como tantos jóvenes de esa época. El campo socialista era en aquel entonces sólido y existía intercambio académico entre los países. Allá llegué con la ilusión del “país ejemplo”. Confieso que no pude constatar el modelo con todas las virtudes que me habían contado.  Pero en mis recuerdos atesoro lo más preciado de ese entonces, en primer lugar, en ese lejano país fui madre por vez primera, recibí el regalo de coincidir con personas magníficas que me enseñaron la importancia de tener con quien contar cuando estás sin familia a muchos kilómetros de los tuyos. Magníficos profesores alumbraron el camino que permitieron apoderarnos de conocimientos para toda la vida. Estudiantes soviéticos se convirtieron en hermanos del alma y nos abrieron hasta las puertas de sus hogares. Con pesar también considero que, en ocasiones por las convicciones ideológicas aferradas, algunas injusticias cometimos y de manera intransigente analizamos a compañeros nuestros por ideas hoy consideradas retrógradas y totalmente aceptadas en estos tiempos, hablo de prejuicios de género.

Por un buen tiempo impugné a los que partían y no veían como yo todas las ventajas que en ese entonces concebía del momento histórico de mi generación. Adoctrinada y envuelta en la ola de los excesivamente apasionados, me equivoqué en por muchos años no entender el derecho de cada ser humano en decidir su futuro y la ideología que desee defender mientras esta no conlleve a dañar la integridad de otros y respete la manera de pensar de sus oponentes. Pasados los años hasta despedí con tristeza, pero con respeto a mi propia hija que libremente eligió buscar otro camino para su vida. Muchos amigos y familiares actualmente viven en otros países y los sigo queriendo y respetando como lo que son, personas de bien, libres de respirar el aire que prefieran.

Percibo a mi generación culpada todo el tiempo en cuanto a medidas tomadas que para nada decidíamos, tampoco contábamos con medios para ver el mundo en su totalidad. Crecí con miedo a utilizar cualquier palabra que pudiese ser mal interpretada y verme acusada de mal intencionada si esta no era aceptada y bien vista por los defensores de mi filosofía.  Muchos errores pudieran haberse evitado si las críticas constructivas no hubieran dormido en las mentes y en los corazones de los fieles y sin temores afloraran en pos de buscar rectificaciones a tiempo de algunos problemas. Aprendimos a callar demasiado y perdimos la espontaneidad lo que nos trajo terribles consecuencias. Con el tiempo se convierte en apatía.

Cuando en una ocasión me enseñaron un dólar americano me atemoricé, era la moneda prohibida del enemigo y tener uno de ellos podía llevarte a la cárcel. Viví cargada de prejuicios. Debo disculpas también a aquella compañera del pre que por tener una orientación sexual diferente tampoco fue aceptada y sus compañeras intentábamos distanciarnos disimuladamente porque no queríamos que nos vieran en su compañía. ¡Cuántas tristezas! Qué pena siento por esas acciones en las que estuve involucrada. Los jóvenes que éramos debido a nuestra formación no entendíamos como hoy, el derecho individual a la elección de parejas según nos dicte el corazón. La propaganda, el medio, la desinformación nos condujeron a maneras de actuar inapropiadas.

Es por lo que aplaudo que ese pasado haya quedado atrás, que las nuevas generaciones sean más libres y busquen maneras cada día de alcanzar su felicidad. Pido disculpas por las veces que sin quererlo no fui justa con alguna persona en mi camino, jamás actué con hipocresía, creía en mis convicciones del momento que me tocó vivir y en consecuencia procedí. No sabía hacerlo de otra manera.

Hoy ya con más experiencias acumuladas mi mayor respeto para cada ser humano independiente de su credo, raza y partido. Lo importante es contar con valores humanos, ser capaces de aun con maneras de ver la vida desde otra perspectiva, respetar a los demás, brindar ayuda si se precisa y amarnos como somos.

¡Qué diferente sería la vida en este mundo si al menos cuando lleguemos a la adultez comprendamos que la vida no es en blanco y negro, tiene matices y cada ser humano alberga el derecho de sacar sus propias conclusiones y actuar en consecuencia! ¡Cuánta tirantez, faltas de respeto y fanatismos todavía vemos! Ahora está Internet, un mundo sin muros, todo visible y palpable. Aprendamos de los errores pasados. Avanzaríamos más como sociedades si el egoísmo no se implantara como sello distintivo de los hombres. Sigo soñando que un mundo mejor es posible.

Por: Cristina Hormilla Castro

09/11/2020

2 thoughts on “Las culpas que cargo

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  1. Hermana, este artículo supera los anteriores, y aunque coincido en que cometimos errores, fueron nuestros tiempos, nuestro hijos tomaron otros caminos, precisamente porque se parecen a sus tiempos más que a nosotros y aplaudo su presente. Bello análisis!!!!!

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    1. Si Glory fue la época en que vivimos los primeros años de nuestra vida con aciertos y desaciertos. Ya la vida ha cambiado para todos. Es lo normal del desarrollo humano. Espero nuestros hijos sean felices y sobre todo respeten la individualidad de cada ser humano. Gracias por tus valiosos comentarios. Te quiero hermana.

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