Cada uno de nosotros pertenecemos a una familia, ya sea esa unión por lazos sanguíneos o decisiones legales. A través de los genes podemos heredar rasgos fisionómicos que nos identifiquen a simple vista como miembros de ella. No obstante, de esto no depende la fortaleza y la unión que debe primar entre ese núcleo que nos recibe y acoge al nacer. La familia es la célula básica de la sociedad. En su entorno aprendemos valores, creencias, modos de ser y de expresarnos.
Los primeros años de la vida dependemos totalmente de los nuestros, influenciados por esos seres que nos acompañan y enseñan las primeras palabras vamos formando nuestro carácter y las maneras en que actuaremos en el transcurso del camino. Cuando crecemos en un ambiente familiar favorable, en los que se valora el abrazo a nuestros niños, los besos, las despedidas amorosas cada noche antes de dormir con palabras dulces que le deseen un sueño feliz, la sonrisa como bienvenida al amanecer, creceremos con más ternura en el alma y luego cuando formemos nuestra propia familia veremos esposos y esposas que arroparán a sus parejas con dulzura encantando sus hogares. Actitudes positivas que crearán ambientes prósperos y deseados para su descendencia. Para aquellos que se formaron en familias rudas con faltas de amor, les resulta más complejo mostrar en su totalidad sus sentimientos porque no les enseñaron la manera de exteriorizar sus pasiones.
No obstante hijos de iguales padres, educados de semejantes maneras, en su mayoría decantan con atributos diferentes. Hasta los gemelos alumbrados en un mismo parto, en ocasiones muestran fisonomías disímiles perfectamente notables. De ahí que al crecer y convertirnos en adultos como creadores de nuevas ramas familiares actuemos de maneras diversas a pesar de tener las mismas raíces.

Y es que a veces por las circunstancias a las que nos enfrentamos en la vida, realidades diferentes, acontecimientos, hacen que en la adultez por ratos nos alejemos de la comunicación constante y el entendimiento que deberían ser inviolables entre los miembros de una familia, cuya esencia ideal debe basarse en inquebrantables lazos de amor. Y no es que dejemos de amar a los nuestros, los errados caminos se encargan de que no tomemos conciencia del regalo maravilloso que sería mantener los vínculos y la colaboración del clan familiar para reforzarnos como personas más seguras. Al pasar los años cuando llegan las etapas de reflexiones y apretones del corazón descubrimos la añoranza que nos embarga y es hora de despojarse de rencores y buscar el acercamiento que nos achique la distancia y nos vuelva a componer el rumbo perdido.
Hay sentimientos que no se apagan y nunca es tarde para unir almas si los cimientos fueron verdaderos. ¡Qué tristeza la desunión por banalidades pasajeras y transitorias! Cuando veo a hermanos, primos, tíos, familiares en general caer en la equivocación de quebrar algo tan sublime como es el amor por temas tan fuera de lo perdurable, dígase la política, el dinero o percepciones distintas sobre cuestiones, me entristece. Despojémonos de resentimientos y avancemos para ser felices. Estar unidos no implica pensar igual todo el tiempo, la individualidad respetada no es antónimo de buenas relaciones entre las personas.
Es grandioso cuando llegamos a un punto de inflexión y liberamos la mente de recuerdos negativos que ya dejamos atrás en el pasado y nos lacera cada vez que retornamos a su vivencia. Si lograste seguir y avanzar es señal de que superaste esa etapa y es mejor dejarla enclaustrada, calcificada en algún lugar lejano para que puedas crecer libre e iluminado. Concentrémonos en las sensaciones y pensamientos positivos, en las alegrías y las ganancias, sólo así lograremos el objetivo con el que llegamos todos a este mundo terrenal. Intentemos ser felices el mayor tiempo posible. ¿Quién dice que vamos a encontrar tan solo flores en el camino? Sería utópico y tampoco real. La vida es bella pero compleja, de altas y bajas, de motivos para el placer al igual que para la tristeza. De carreteras planas y de baches está cubierto el sendero por el que andamos por estos lares. Aprendamos a desechar lo negativo y reavivar lo positivo.

Abogo por la capacidad de hacer crecer en nuestro interior todo lo bueno que se nos presente, acumular esas imágenes donde sonreímos y fuimos felices. Con el pasar de los años se torna el medicamento más efectivo para vivir en paz ese que nos despoja de los fracasos, los déficits de entendimiento y reactiva la esperanza, la comprensión y la armonía.
Considero que, si somos capaces de no pedir explicaciones de heridas del pasado que con el tiempo al igual que en el cuerpo pueden irse cerrando en la distancia, será más fructífero. No vale recordar y revivir costuras abiertas pendientes de épocas anteriores que no zurcimos en el momento adecuado. Invito a dejar aquello que no resolvimos en aquel entonces y tampoco fue impedimento para seguir adelante porque logramos superarlo y continuar.
Son tiempos difíciles, la crudeza de la vida nos expuso lo frágiles y vulnerables que somos ante la inmensidad del universo. Proporcionémonos paz, sosiego y confianza. La familia unida es el motor que nos impulsa al bien y nos protege. Los otros seres que unimos a nuestras vidas por buenas acciones y lealtad, los amigos entrañables, son también considerados como la prolongación de nuestro núcleo familiar. Lazos tan fuertes como la propia sangre nos ata a ellos. Ofrezcámosle el cariño más sincero y hagámosle saber que su presencia nos hace mucho bien.

En tiempos de adversidades y necesidades más que nunca la palabra dulce que nos consuele, la comprensión y el apoyo será nuestro mejor aliado. Busquemos en los seres queridos la confianza que necesitamos para avanzar.
¡Que el 2021 nos sorprenda con la añorada vacuna contra la Covid-19, que podamos encauzar nuevamente los sueños, que la salud nos acompañe y que pronto nos podamos abrazar!
A mi familia, a mis amigos, a mi gente querida, a los que amo y a las personas de bien que no forman parte de mi vida, pero sí de otras familias, llegue el mejor de los pensamientos y la confianza en que saldremos de esta epidemia como otras veces lo hemos hecho. Este mundo que nos acoge es convulso, revuelto, pero con un cielo azul capaz de enamorar el alma y permitirnos disfrutar la belleza aún en lugares sombríos y oscuros.
A los que con dolor despidieron a seres queridos que perdieron la batalla en esta pandemia, lloren si lo necesitan, mas no queda de otra, hay que seguir luchando y viviendo porque mientras estemos en la vida terrenal debemos obligarnos a buscar la felicidad en cualquier detalle que nos apasione. Será la mejor manera de honrar a esos que no están presentes, pero seguro desean que las sonrisas vuelvan a iluminar los rostros de sus amados.
¡Feliz 2021! Que la prosperidad se adueñe de nuestras vidas. Aprovechemos la fecha para elevar el amor en cualquier dimensión, venerar a los seres queridos y valorar por sobre todas las cosas a nuestras familias que con sus aciertos y desaciertos siempre estarán a nuestro lado cuando más lo necesitemos. ¡Que ganen los abrazos, la esperanza, las palabras hermosas y el amor!
Por: Cristina Hormilla Castro
13/12/2020
23:19

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