Y me mira con ternura, reclama caricias sin pedir nada a cambio, no se enfada ni cuando retraso el horario de su alimentación. Si lo piso sin querer hace gestos de desenfado solicitando disculpas. Así es mi perro, mascota inseparable a la que amo y agradezco su fidelidad y compañía. En esos personajes pequeños y extraordinarios encontramos paz, afecto y distracción. Se convierten en integrantes de lujo de las familias que los acogen. Bendecidas las almas que deciden arropar en su recinto adorables seres de bien y complementar su existencia con ellos.
Desde pequeña pude disfrutar en mi hogar de diversos perritos que nos hacían más felices los días. Mi madre, fiel amante y devota de ellos, nos enseñó y mostró la grandeza que albergan en su corazón. Nombres como Susi, Dacha, la gatita Espumita están plasmadas en fotografías de mi infancia y guardadas en mis recuerdos.
De ahí quizás el deseo de alumbrar mi hogar con la luz que desprenden. Ese mismo amor lo heredaron mis hijas, quienes conciben su felicidad recibiendo la bienvenida y el desenfreno de sus mascotas.
Mi madre tiene un apéndice 24 horas en su regazo. El Peluso es su guardián y la dependencia entre ellos es mutua. Se anima por las tardes a cruzar al parque de su barrio más que por cualquier otro interés, para ver libremente a su loquito negro y canoso correr a sus anchas y comer alguna que otra yerbita.

Helen por su parte tan pronto se estableció en su nuevo entorno, acudió a un refugio para adoptar a su Panchito y sin saber los detalles en ese instante fueron las fuerzas del bien las que la indujeron para enamorarse de ese pequeñito tan necesitado, enfermito de epilepsia. Cayó en las manos salvadoras de mi hija que lo cuida y mima como merece.

Claudia es el origen de mi Pinki, a los 15 años eligió comprar ese perrito pequinés al que adoro. Siente pasión por los animales, hoy la acompaña la perrita inquieta Jaru y hasta hace poco su gatita Yiyi que ya tristemente no está, al igual que ese pequeñito gatito al que adoptó para intentar salvar y desgraciadamente después de operaciones y tratamientos tuvimos que despedir.

Tantas personas me rodean que aman los animales como hijos diferentes, pero hijos al fin. Laury con su Apolo, Nancita y Nurys con su Rico y Cristal, Idalmis con sus perros y gatos de casa y del barrio, es ejemplo de entrega y devoción no sólo para los del núcleo familiar, también alimenta y atiende a los callejeros, mi amiga Dulce con su Pelusín del Monte, Omar y Naldy con su Tupy, Elaine con su gato Apuki, Haydé y Tony con su Mika, Mary con su gata Chichi, Gloria con su Nemo, Maira y Oscar con Dorita y Rocki. Son tantas personas que sería imposible nombrar todas.

Nadie que no lo ha vivido logrará entender el profundo dolor, la punzada en el corazón cuando toca la hora de las despedidas de esos fieles amantes, el llanto, el luto necesario y la resignación llegan, pero nunca el olvido. Despedir a quien tanto significa en el alma es duro para sus dueños. Por haberlo vivido sé las noches de desvelo y desconsuelo que sufrimos cuando se nos enferman y con la mirada nos piden protección y tan simple como una caricia les devuelve la ilusión.
Como ejemplo de buenas prácticas médicas, quiero agradecer la humana labor de mi doctora de cabecera, la Veterinaria Adianés. Soy testigo desde hace muchos años de la constancia y dedicación que ofrece, sin contar con las condiciones óptimas en su consultorio y la totalidad de los medicamentos, siempre está dispuesta a dar la mejor atención a sus animalitos del área. No por gusto esperamos nuestro turno pacientemente en largas colas en la calle Concha por la tranquilidad y la confianza que nos reporta.

¡Qué alegría siento porque al fin en mi país se haya aprobado una ley de Protección Animal! Ahora toca hacer cumplir todo lo planteado para que tenga sentido tantos años de lucha.
No admito justificaciones para esos que maltratan a los animales, nos superan en lo que nosotros, por mucho desarrollo intelectual y orgánico en nuestro cerebro no hemos podido lograr. Para ellos no hay razas superiores, todos iguales. Somos los humanos los que nos hemos encargado de clasificarlos, ponerles precio a su belleza, y hasta subyugarlos como si el tiempo horrible de los gladiadores continuara, tirarlos a luchar unos contra otros sólo para recibir beneficios y regocijarse de viles espectáculos. La ley debe ser severa con los que no respeten y comentan actos violentos de esta naturaleza.

Seamos consecuentes con la razón. Impulsemos campañas de vacunación y esterilización, para que los animalitos no deambulen desprotegidos por las calles. Que el amor se eleve en nosotros y aprendamos de esos seres de cuatro patas conceptos a veces olvidados como la solidaridad, fidelidad, lealtad, respeto. No impongamos tantas costumbres humanas que los limiten. No los incomodemos con vestidos ni cadenas con cascabeles. No entienden de cumpleaños porque felizmente no son esclavos del tiempo. Amémoslo como merecen. Son tan auténticos esos pequeñuelos que deberíamos mirarlos más detenidamente para aprender cómo se puede ser feliz sin tantas complicaciones.


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