Dedicado a mi tía Teresa.
Hace ya más de un año que puse pausa en mi escritura. Algo interno me detenía. Hoy, justo en este instante, no reparo en coger la pluma porque el alma me quema y el dolor me abruma. En el silencio agradecido de mi hogar necesito despedirme de ti. Yo sé que estás ahí, luchando y batallando como siempre lo has hecho. Te imagino intentando mostrar miradas de aliento para los tuyos con tu inigualable manera de proteger a todos para aliviar más el sufrimiento ajeno que el tuyo propio.
Mi otra madre, la que con orgullo aclamaba a todos que sólo le había faltado parirme porque me sentía la hija hembra que la vida le había regalado. Y así mismo resulta. Me has amado desde que tengo uso de razón. No hay recuerdos de momentos felices o difíciles en que no hayas estado presente sosteniendo mi mano y brindándome tu apoyo incondicional.
Gracias tía por estar, por ser, por darnos a todos tus hijos, tus sobrinas y sobrinos, tus hermanos y hermana, tus padres, nietos y amigos la mano sincera e incansable con la que contamos siempre.
Te he querido y te querré eternamente. Vivirás como otro ángel acompañando a mi abuela y abrazando los años que me queden por vivir.
Si me detengo en recuerdos serian largas mis historias a tu lado, resalto algunas que constituyen una marca impregnada en mi memoria. En momentos decisivos tu presencia multiplicó mis fuerzas. Ahí estabas a mi lado al nacer mi hija Claudia, suplantando y representando a mi madre que por circunstancias de la vida no pudo estar. Juntas combatimos fiebres, sujetamos su brazo en cada análisis. Mostrabas al mundo con orgullo lo feliz que eras participando en su educación y desbordando mimos para su complacencia. Caminatas diarias en mi embarazo, idas y venidas al círculo infantil. Tanto que agradecerte que no hay palabras que permitan describir mi sensación a tu lealtad infinita para conmigo.
Despedirte cuesta, tres hijos que te aman, sobrinas y sobrinos para los que eres la tía Tere especial, vecinos que en cada barrio donde hayas vivido te veneran y recuerdan. Una hermana y hermanos que pudieron contar contigo para todo, incluso hasta en algunas cosas mal hechas buscabas la justificación que te permitiera protegerlos y no abandonarlos a su suerte, sin importar el sacrificio que exigiera de tu parte.
Algún presentimiento raro ayer me rondaba, quería llamarte, tu celular se rompió y el contacto se enredaba. Hoy amanezco con la noticia de que estás muy malita. En la conversación del 24 de noviembre te sentí apagada y me golpeó la cruda realidad de los finales. Qué valentia demostraste cuando descubrimos la penosa enfermedad que te acechaba, con qué coraje asumiste a tus 80 años la verdad que exigias sin disfraces. Gracias por tantas lecciones de vida. Jamás olvidaré que a pesar de tus dolores y penas cada una de nuestras conversaciones terminaban con una frase de aliento – No quiero que te preocupes, estoy bien.
No pude estar a tu lado como deseaba antes de irte. A pesar de la distancia logramos despedirnos y el beso de despedida nunca será una deuda entre nosotras, el amor infinito sobrepasa cualquier dimensión.
Descansa en paz tía adorada, lo mereces, y con el abrazo de tu Dios te hará el viaje más placentero. Aquí estás y estarás con todos los que te amamos. Ve tranquila.
En un beso no cabe el valor de tu grandeza. Gracias infinitas por tanto. Te amo.
30/11/2022

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